Por Jaime Septién

México está lleno de joyas coloniales que los «buenos oficios» de nuestra clase política, desde la Reforma, ha mirado con indiferencia.

Las razones de esta falta de interés por preservar una parte de nuestra identidad, son tan oscuras como algunos personajes que han dirigido (políticamente) los destinos del país.

El pretexto: que la Iglesia fue «impuesta» por los conquistadores y que durante tres siglos «explotó», junto con la Corona española, al sufrido pueblo mexicano. Llevamos casi dos siglos con esa misma cantaleta.

Incapaces de ver la belleza –la corrupción predica el feísmo como forma de «rebeldía» ante el clero y sus seguidores— los politicastros de tres al cuarto nos endilgan monumentos horripilantes a «los héroes que nos dieron Patria».

Lo hacen para sobreponer a la belleza de lo sagrado el vacío de la hipocresía patriotera…

Todo esto viene a cuento porque, cuando menos, en esa joya barroca del arte sacro mexicano, Santa Rosa de Viterbo, en Querétaro se ha caminado en sentido contrario.

Y ahora, con «El Regreso de las Madres Rosas», el museo de sitio, la remodelación del ex convento, la restauración completa de fachada, altar y sacristía y la colaboración estrecha del INAH, gobiernos estatales e Iglesia, la magnificencia de la fe se ve realzada en su función social: elevar el alma humana, religarla con su Creador. Ojalá cunda el ejemplo en toda la nación.

TEMA DE LA SEMANA: EL RETORNO A CASA DE LAS MADRES ROSAS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de marzo de 2019 No.1237