Por José Francisco González González, obispo de Campeche

El evangelio dominical Lc 6, 39-45 concluye con una frase contundente: De lo que rebosa el corazón habla la boca. Jesús no se va a las apariencias, a lo externo. Él, más bien, va al interior. Por eso la importancia de cultivar el corazón. El verdadero cambio viene del corazón.

Jesús no insiste en practicar obras penitenciales o ascéticas, si bien son recomendables para reconducir el corazón hacia el cambio, hacia una conversión. Tampoco insiste en el cumplimiento meramente literal de la ley. No quiere que los pecadores se conviertan en observantes de ciertos rituales.

Jesús dirige su mensaje a la transformación del corazón. El deseo de Él es que todos “entren” al Reino de Dios no movidos por la tristeza, sino impulsados por la alegría y la sorpresa del amor increíble de Dios. En el Reino de Jesús sólo se puede entrar con un “corazón nuevo”, donde todos los invitados estén en disposición de obedecer a Dios desde los más hondo, desde el interior. Lo decisivo es esta transformación radical.

CAMBIO DE CORAZÓN, CAMBIO SOIAL

Dios busca reinar en lo más íntimo de las personas, en ese núcleo interior donde se decide su manera de sentir, de pensar, de comportarse. Para Jesús es claro: nunca nacerá un mundo más humano, si no cambia el corazón de las personas. En ninguna parte se construirá la vida, tal como Dios la quiere, si las personas no cambian desde dentro.

Por eso, el Evangelio insiste en el corazón. Así lo leemos: El hombre bueno, del buen tesoro del corazón, saca lo bueno; y el malo, de su mal corazón saca lo malo. Y lo hace con imágenes comprensibles a todo mundo: No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno. Lo que Jesús pretende es tocar el corazón de las personas. El Reino de Dios ha de cambiar a todos desde su raíz. Sólo hombres y mujeres de corazón nuevo harán un mundo nuevo.

A veces damos tumbos, porque queremos producir un cambio social y estructural, pero sin buscar el cambio de la persona, en lo más propio que es el corazón, el interior. Si se busca el cambio sólo por amenazas, represiones, estímulos económicos o por ascensos de puestos, nunca va a ser genuino el cambio, ni de mucha duración.

En otras palabras y tratando de resumir: Lo importante en el Reino de Dios no es contar con personas observantes de las disposiciones sociales o religiosas, sino con hijos e hijas que se parezcan a Dios y traten de seguir la bondad del Padre celestial. Aquél que no mata ni roba cumple la ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano no se asemeja a Dios.

CUMPLIR LA LEY, SIN CAMBIAR CORAZÓN

Una persona que no comete adulterio, cumple la ley. Sin embargo, si desea egoístamente a la esposa o al esposo de su hermano o hermana, no se asemeja a Dios (cf. Mt 5,27s).

Como lo veíamos la semana pasada, si uno ama sólo a sus amigos, pero alimenta en su interior odio hacia sus enemigos, no vive con un corazón compasivo como el de Dios. En esa persona reina la ley, pero no reina Dios; es observante, pero no se parece al Padre.

Más que nunca, vale la pena traer a colación la frase de san Marcos: “Nada de lo que entra en la persona puede mancharla. Lo que sale de dentro es lo que contamina” (7,15). La impureza que nace del interior, malea desde dentro, a la persona, y se manifiesta luego en palabras y gestos malos. Por eso, pidamos, como el profeta:

¡Danos, Señor, un corazón nuevo!