Por P. Fernando Pascual

Lo sabemos: actos pequeños preparan a actos grandes. Pero nos cuesta aplicarlo.

Porque lo grande suscita un mayor respeto y sentido de responsabilidad, mientras lo pequeño es visto como poco importante y sin relevancia.

Sin embargo, las pequeñas conquistas, las victorias en cosas que parecen de intrascendentes, preparan la voluntad y el corazón para las cosas grandes.

La enseñanza está en el Evangelio: “El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho” (Lc 16,10).

También los autores de la vida espiritual hablan del tema. Por ejemplo, San Doroteo de Gaza en sus famosas conferencias.

“Se lo repetiré siempre, por las cosas pequeñas, el preguntarse por ejemplo: ¿Qué es esto? ¿Qué es aquello?, nacerá en el alma un hábito nocivo y nos pondremos a subestimar incluso las cosas importantes” (“Conferencias” VI).

En su obra “El combate espiritual”, el P. Lorenzo Scupoli subraya la misma idea al recordar cómo a veces hacemos un gran esfuerzo para evitar cosas graves y luego cedemos fácilmente en cosas pequeñas.

“De aquí procede ordinariamente que sean tan pocos los que llegan a un alto grado de perfección; porque después de haber sujetado los mayores vicios y vencido las mayores dificultades, pierden el ánimo y no quieren continuar en hacerse fuerza a sí mismos; bien que no tengan ya que sostener sino muy fáciles y ligeros combates para destruir algunas flacas reliquias de su propia voluntad, y sujetar algunas pequeñas pasiones que, fortificándose de día en día, se apoderan finalmente de su corazón” (“El combate espiritual”, cap. 12).

Lo pequeño es como un peldaño que permite subir poco a poco hacia la virtud, o bajar poco a poco hacia el vicio.

Por eso, en esos momentos que parecen de poca importancia, nos jugamos mucho: el deslizarse por la vía fácil que lleva a la perdición (cf. Mt 7,13-14), o el ascenso difícil pero hermoso que lleva a la plenitud de la vida, a un mayor amor a Dios y a los hermanos.