Por Jaime  Septién

Toda cárcel es una enorme tentación de olvido de los derechos humanos de los que violaron los derechos humanos de otros.  A menudo no nos cabe en la cabeza cómo respetar a los que no respetaron; cómo amar a los que no amaron; como vigilar sin dañar a los que hicieron daño.

Una obra de misericordia es acompañar al que está preso.  Jesús la incluye como un adelanto del Reino: «Porque estuve preso y me visitaste…».  Más allá de los fallos de la justicia humana (¿cuántos inocentes a los que se les paga con un «usted disculpe»?), está la compasión.  Cada vez que va a un penal (lo hizo en Ciudad Juárez, por ejemplo), el Papa Francisco pregunta «¿Por qué ellos están aquí, y no yo?»  Una pregunta que desnuda la soberbia de creernos «buenos» y a ellos señalarlos como «malos».

Castigar al que ha violado la ley es un principio del Estado de Derecho.  La doctrina de la Iglesia no lo pone en duda.  Y por eso, como el padre «Trampitas» en las Islas Marías, se hace una con los reos; va a los penales, se mete en su vida y los nutre con la esperanza.

Las Islas Marías es una historia en la historia de México.  Y como es constante de nuestra historia, la Iglesia ha estado ahí, callada, eficaz, entrañable.

TEMA DE LA SEMANA: ISLAS MARÍAS: EL EVANGELIO TRAS LOS “MUROS DE AGUA”

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de marzo de 2019 No.1236