Habla san Bernardo (1090-1153), abad cisterciense y Doctor de la Iglesia, en una hermosa homilía de la Resurrección:

Sí, ha vencido el León de Judá. A la voz del Padre despertó el cachorro. Rasgó las entrañas del sepulcro el que no quiso bajar de la cruz. Nuestros enemigos juzgarán si esto es lo más extraordinario: ellos que habían sellado la losa, y asegurado con guardias la vigilancia del sepulcro.

Esa gran losa que tanto preocupaba a las piadosas mujeres, al resucitar el Señor la corrió un ángel y se sentó encima. De este modo el cuerpo salió lleno de vida de un sepulcro bien cerrado, como había nacido del seno intacto de una Virgen, y se presentó donde estaban reunidos los discípulos con las puertas atrancadas…

Para rechazar las falacias de los judíos le bastó salir de una tumba cerrada. Ese mismo a quien poco antes insultaban: «Si es rey de Israel, que baje de cruz» [Cfr. Mateo 27, 42]. Habían puesto más empeño en sellar y asegurar el sepulcro, que en sujetar los clavos. Si el León de Judá ha vencido en todos estos acontecimientos, y ha hecho mucho más de lo que le pedían, ¿a qué podremos comparar el milagro de la Resurrección?

Se nos dice que antes habían ocurrido otras resurrecciones, o retornos a la vida. Eran preludio de ésta, la cual las aventaja por doble motivo.

Aquéllos resucitaban pero volverían a morir. Cristo, en cambio, resucitado de la muerte no muere ya más, la muerte no tiene dominio sobre Él. Aquéllos al volver a morir necesitaban resucitar de nuevo… Cristo es la primicia de los resucitados: resucitó de tal modo que no vuelve a morir, es inmortal.

Existe otro motivo que hace especialmente gloriosa su resurrección. ¿Hubo jamás alguien que se resucitara a sí mismo? Es inefable que un muerto se despierte a sí mismo. Es algo único, y nadie más lo puede hacer. El profeta Eliseo resucitó a un difunto, pero era otra persona distinta de él mismo. Y hace ya muchos siglos que yace en el sepulcro, esperando que le resucite otro, porque él no puede hacerlo por sí mismo.

Ése otro es el que triunfó de la muerte en sí mismo. Por eso decimos que, aunque algunos han sido resucitados, Cristo es el único que salió triunfante del sepulcro por su propio poder. Así, ha vencido el León de Judá.

¿Cuál no será su poder, o qué no podrá hacer ahora el que está vivo y dice a su Padre: He resucitado y estoy Contigo?

No quiso demorar más de tres días la resurrección para confirmar el oráculo del Profeta: en dos días nos hará revivir, y al tercer día nos resucitará [Cfr. Oseas 6, 2].

Conviene además que donde está la Cabeza le acompañen los miembros. Era el día sexto de la semana cuando redimió al hombre muriendo en la cruz, el mismo día sexto en que lo había creado.

Al día siguiente descansó en el sepulcro, con toda su obra terminada. Y al tercero, que ahora es el primero, apareció el hombre nuevo, vencedor de la muerte y primicia de los que duermen.

Nosotros, pues, que seguimos a nuestra Cabeza, vivamos entregados a la penitencia en ese día en que fuimos creados y redimidos. Carguemos con la cruz y perseveremos en ella como Él perseveró, hasta que el Espíritu nos mande descansar de nuestros trabajos… Mientras tanto, vivamos con valentía el día de la cruz, descansemos en paz otro día en el sepulcro, aguardando la dicha que esperamos, la venida de nuestro Dios, que nos resucitará a los tres días, transformando nuestro ser con su resplandor. Porque los difuntos de cuatro días, como Lázaro, huelen mal; recordemos la Escritura: Señor, ya huele mal, lleva cuatro días.

Los hijos de Adán han añadido un cuarto día, que no procede del Señor… El plan divino es de tres días: dolor, descanso y gloria. Los humanos aceptan esto, pero anteponen su día; y de ese modo retrasan la penitencia para entregarse al placer. Ese día no lo ha hecho el Señor. Tienen ya cuatro días y huelen mal.

El Santo que nació de María no hizo tal cosa: resucitó al tercer día y no conoció la corrupción [Cfr. Salmo 16 (15), 10]. Por eso ha vencido el León de Judá. Murió como un cordero y venció como un león. Ruge el león, ¿quién no temerá? El león, el más valiente de los animales, el que no retrocede ante nadie.

El León de Judá. Tiemblen quienes lo rechazaron diciendo: no tenemos más rey que al César. Teman quienes decían: no queremos a éste por rey…

Y sabemos que ha vuelto con el título real porque nos dice: «Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra» [Mateo 28, 18]… El león es fuerte, no cruel; su indignación es terrible… Pero este León rugirá en favor de los suyos, no en contra de ellos…

Regocíjense quienes le alaban y proclamen: Dios mío, ¿quién como Tú? Tú eres el León de Judá y la raíz de David.

…Ha vencido el león de Judá, la raíz de David.  Él abrirá el rollo y sus siete sellos. Son palabras del Apocalipsis. Apréndanlo quienes lo ignoran, y recuérdenlo quienes lo sabían.

TEMA DE LA SEMANA: PASCUA, LA FIESTA DE LAS FIESTAS
Publicado en la edición impresa de El Observador del 1 de abril de 2018 No.1186