El ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que puede pensar.

Francisco de Quevedo

Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Hace muchos años, al menos un cuarto de siglo, le escuché a un representante de la Conferencia del Episcopado Mexicano señalar los muchos riesgos de negociar con el gobierno de México la remoción de trabas jurídicas que aún quedan en pie respecto a las concesiones de radio y televisión de carácter confesional.

Su argumento de oro consistió en compartirnos lo que un funcionario público de primer nivel en ese ámbito le habría dicho a los obispos de entonces: que si apoyándose en los acuerdos internacionales en la materia solicitaban y obtenían permiso para abrir estaciones de radio y de televisión, se atuvieran a las consecuencias de carecer de recursos humanos y materiales para sostener una infraestructura que sí tenían los cristianos no católicos gracias al respaldo económico de sus correligionarios estadounidenses.

Ahora que el 27 de marzo del 2019 se ha llevado a cabo, con el espaldarazo del Presidente Andrés Manuel López Obrador, una reunión clave entre el gobierno federal –la Secretaría de Gobernación y los sub secretarios de la SEGOB, Olga Sánchez Cordero, Diana Álvarez Maury y Zoé Robledo, respectivamente– con doscientos líderes evangélicos, en la que se plantearon los términos para negociar la remoción de tales trabas jurídicas, echa uno de ver lo corto de miras y pusilánime de aquel planteamiento, así como el tibio abordaje durante todo este tiempo de un tema tan importante bajo un pretexto tan débil.

Si san Pablo hubiera vivido en nuestro siglo XXI su forma de difundir la buena noticia del Evangelio habría sido análoga a la de su tiempo, a través de la radio, la televisión y los medios electrónicos y no de los amanuenses y los rollos de papiro.

Habrá pesado en el ánimo de nuestros mitrados la comodidad operativa de seguirse arreglándose con los mandamases al margen de la ley, como debió hacerse cuando en 1874 las Leyes de Reforma incorporaron a la Constitución de una casi absoluta mayoría católica una legislación anticlerical.

Pero también esa fue la postura institucional de la Santa Sede cuando al término del largo pontificado de Pío XI impuso, en 1939, una modalidad más del centralismo romano, tan debatido durante el Concilio Ecuménico Vaticano II.

Lo que en su tiempo procedía y sólo se atendió con excepciones tan honrosas desde 1939 en la Escuela de Periodismo Carlos Septién, en la ciudad de México, y hasta 1967, en Guadalajara, el Instituto Superior Autónomo de Occidente, nos mantiene a los cristianos en México, católicos o no, en el ámbito de los medios de comunicación, al margen de una postura crítica y propositiva desde las trincheras de la opinión pública y no parece que la aspiración de los evangélicos termine ofreciendo espacios de comunicación más allá del proselitismo.

¿Será que los católicos en México seguimos sin entender que tanto Benito Juárez como Plutarco Elías Calles no deseaban abolir la religión sino en quitarle al catolicismo su hegemonía?

No dudamos que, ante lo que viene, el ardoroso militante evangélico que en su juventud fue Carlos Monsiváis se las habría ingeniado para exponer, como siempre lo hizo, que el fin justifica los medios, pero también vemos con esperanza la posibilidad que entre nosotros se abre, sobre todo a la Conferencia del Episcopado Mexicano, que inspirándose en los números del 86 al 90 de la apenas publicada Exhortación Apostólica Postsinodal Christus Vivit, tiene ante sí la ocasión de hacer suyos los grandes retos del «ambiente digital», cuyas luces y sombras son, junto con sus posibilidades, un filón de comunicación jamás sospechado y por lo visto ilimitado.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 7 de abril de 2019 No.1239