El pasado no puede cambiarse, pero un reconocimiento honrado de injusticias pasadas puede desembocar en medidas y actitudes que ayuden a rectificar los efectos perjudiciales tanto para la comunidad indígena como para la sociedad en sentido más amplio. La Iglesia expresa hondo pesar y pide perdón allí donde sus hijos fueron o siguen siendo cómplices de semejantes errores. Juan Pablo II

Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Muy en el contexto cuaresmal, el Presidente de México Andrés Manuel López Obrador ha hecho público un dato: que valiéndose de su Cancillería, invitó al Papa Francisco y al Rey Felipe VI a pedir perdón «por los abusos de la conquista». El gobierno de España respondió de inmediato que «lamenta profundamente» el reclamo y que lo «rechaza con firmeza».

Como tabasqueño y aficionado a la historia, el Presidente de México puede tener motivos emocionales para sentirse agraviado por la batalla de Centla, acaecida hace medio milenio, el 14 de marzo de 1519, durante la cual los indios maya-chontales, con el cacique Taabscoob a la cabeza, no pudieron vencer a Hernán Cortés y los expedicionarios que le acompañaban, en la primera acción de lo que a la postre produjo el ensanchamiento de los dominios de España en el macizo continental americano; como nieto de un emigrante de Cantabria, podría sentirse agraviado si otro en su lugar hubiera dicho lo que él dijo, pero que en el ejercicio de su mandato invite a dos representantes institucionales a un acto de desagravio por hechos acaecidos hace medio milenio parece, a simple vista, oportunismo político.

Es como si el actual obispo de Tabasco, don Gerardo de Jesús Rojas López, sintiéndose agraviado por las acciones barbáricas que hace menos de 90 años promovió, apelando al terrorismo de Estado, el gobernador Tomás Garrido Canabal para destruir la fe católica en esa entidad, le exigiera al gobernador actual de esa entidad, Adán Augusto López Hernández, un acto reparatorio, que ya satisfizo con creces el escritor Graham Greene en su medular novela El poder y la gloria.

Solicitar al Papa Francisco, en el aniversario 500 de la batalla de Centla, una carta de perdón al pueblo de México por el arbitraje en el que colaboró la Santa Sede, sirviéndose de argumentos político–teológicos, para justificar el ensanchamiento de la soberanía castellana en el Nuevo Mundo, es, en términos diplomáticos, lo que intuyó Joram, Rey de Israel, cuando su homólogo sirio Ben-Adad II, le remitió a Naamán, el General en jefe de sus ejércitos, para que le curara la lepra: «¿Soy yo un dios capaz de dar muerte o vida, para que éste me encargue de librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán cómo está buscando un pretexto contra mí» (2 Reyes 5:7).

Pero también olvidar o desconocer el 7 de marzo del año 2000, el entonces cardenal Joseph Ratzinger presentó el luminoso documento Memoria y reconciliación. La iglesia y las culpas del pasado, de la Comisión Teológica Internacional, donde se retoma la postura asumida en su pontificado por Juan Pablo II, de quien es la frase aquí usada como título, la cual comenzó con su petición de perdón por la persecución eclesiástica en contra del astrónomo Galileo Galilei y de otros científicos, por la mentalidad masculina de las estructuras eclesiásticas a lo largo de la historia, por la ejecución del reformador Jan Hus, por el antisemitismo eclesiástico, por las agresiones de Roma a la Iglesia de Oriente, por el ataque a Constantinopla de los cruzados latinos, por los enfrentamientos entre musulmanes y cristianos y por los abusos de los misioneros contra los pueblos indígenas en Oceanía.

«Que la Iglesia pida perdón no la convierte en peor que las personas, los grupos y las instituciones que la rodearon en cada momento de la historia, ni siquiera, a menudo, en peor que aquéllos a los que ofendió: la convierte simplemente, en la que sabe pedir perdón, algo que entendió bien Juan Pablo II», escribió al respecto, hace poco, Luis Antequera, palabras que dan pie para que el desafío de López Obrador lo haga suyo el Consejo de la Presidencia de la CEM, si quiere, antes del año 2021, ofrecer, a la luz de las ciencias históricas y sociales, datos nuevos y relevantes en torno al proceso y las consecuencias que ha tenido en medio milenio la evangelización en México.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 31 de marzo de 2019 No.1238