Desde el via crucis hasta su muerte en la cruz

Tras que Pilatos firmara la sentencia de muerte de Jesús, los soldados romanos lo encaminaron hacia el Gólgota, el lugar de su ejecución. Eran aproximadamente las 10:00 de la mañana.

¿EL PALO HORIZONTAL O LA CRUZ ENTERA?

Entre los romanos, las piezas de la cruz tenían sus nombres particulares. El palo vertical se llamaba stipes, que significa tronco o madero, o staticulum, que significa estatua, y que, por sentido práctico, estaba fijado de manera permanente en el suelo del lugar destinado a las ejecuciones.

De esta manera, los reos llevaban a cuestas sólo el madero transversal, que se llamaba patibulum, y, al llegar al sitio de la ejecución, eran clavados a dicha pieza, la cual luego se alzaba con ayuda de cuerdas para ser sujetada en el stipes.

Aunque los historiadores —precisamente tratando de respetar la costumbre romana— han llegado al consenso de que, durante el via crucis, Cristo sólo debió llevar el patibulum atado a sus brazos y apoyado sobre su nuca y hombros; y aunque los estudios del Sudario de Turín quieren ver en ello una posibilidad dadas las marcas en la espalda (aunque en realidad no aparecen horizontales), el caso de Jesús pudo ser diferente.

La condena apresurada justificaba que no hubiera un stipes esperando a Jesús en el Gólgota. Además, el testimonio de santos y místicos a los que le han sido mostradas sobrenaturalmente visiones de la Pasión es unánime: Cristo cargó con la cruz completa. Y así siempre se ha entendido y representado. Sería poco lógico que el acontecimiento central de la salvación, testificado por cientos de personas —incluidos discípulos del Señor que presenciaron el via crucis— hubiera sido transmitido de manera equivocada.

¿Cuánto peso cargó Cristo? Los historiadores que niegan que llevara la cruz completa argumentan que ésta debió pesar unos 136 kilogramos, por lo que sería imposible que la trasladara hasta el Gólgota, y proponen que el peso del patibulum andaba entre 34 y 57 kilogramos. Pero otros estudiosos dicen que la cruz completa pesaba unos 70 kilogramos, por lo que sí era posible que un hombre la remolcara arrastrándola.

La cruz, lógicamente, no estaba lijada, lo que laceró más el sagrado Cuerpo. Algunos santos hablan de una llaga del hombro de Jesús, causada por el peso del crucifijo. La Síndone muestra que pies, rodillas y rostro sufrieron continuas laceraciones, evidenciando que el Señor fue maltratado en el camino y que se cayó repetidas veces.

LA CRUCIFIXIÓN

Para fijar a un condenado a la cruz, los romanos utilizaban tres gruesos clavos de entre 13 a 18 centímetros de largo: dos para las manos y sólo uno para ambos pies.

Las manos no eran clavadas a la altura de las palmas porque al levantar el patibulum para fijarlo al stipes el peso del cuerpo las desgarraba con el peso.

Se clavaban más bien a la altura de las muñecas; y el Sudario de Turín parece respaldar esto último para el caso del Señor aun cuando las dos partes de la cruz no hubieran estado separadas.

Los verdugos tiraron de los brazos y piernas de Jesús hasta dislocarlos para hacer que sus manos y pies llegaran hasta los agujeros hechos previamente en la cruz a fin de facilitar la entrada de tan gruesos clavos en la madera; y de este modo se cumplió lo que profetizó el salmista: «Han taladrado mis manos y mis pies… y se pueden contar todos mis huesos» (Salmo 22, 17-18). Además estas maniobras tuvieron que reabrir muchas de las heridas que el Señor ya llevaba, acrecentando sus hemorragias.

Jesús fue levantado con su cruz quizá hacia el mediodía (cfr. Mc 15, 33), ya que fue a esa hora que sobrevino una oscuridad que se prolongó hacia las 3:00 de la tarde.

SU MUERTE

Una persona crucificada tardaba entre 3 y 4 días en morir en la cruz, si es que no había sufrido antes otro tipo de traumatismo. La muerte básicamente se producía por asfixia y agotamiento.

Pero Jesús había recibido una flagelación que por sí sola podría haber sido mortal, así que solo duró 3 horas.

En la cruz experimentó grandes dolores musculares y, por supuesto, dificultad para respirar, lo que desencadenó un aumento en la frecuencia de las respiraciones, pero siendo superficiales e incapaces de captar mucho oxígeno. Conforme progresaba la insuficiencia respiratoria, debió tener calambres musculares, taquicardia, arritmia cardiaca, e insuficiencia cardiaca que produce edema pericárdico y pulmonar.

Jesús dijo entonces: «Tengo sed» (Jn 19, 28). Además del significado espiritual de estas palabras suyas, corporalmente experimentaba una sed fisiológica paroxística debida a la intensa deshidratación y pérdida de sangre.

En la hora nona —3:00 de la tarde—, «dando un fuerte grito, expiró» (Mc 16, 37).

No gritó para llamar la atención, sino como consecuencia refleja de un dolor de tremenda intensidad, causado por un infarto masivo, con rotura de la pared del miocardio.

Dice la ciencia que esta rotura se puede producir por una valvulopatía coagulopática (cierre anormal de una válvula cardíaca por un coágulo).

CONCLUSIÓN

Durante unas 18 horas —desde las 9:00 de la noche del jueves, cuando fue apresado, hasta las 3:00 de la tarde del viernes, la hora en que murió—, Cristo sufrió tal cantidad de agresiones físicas y mentales como nunca nadie ha experimentado.

Habrá quienes duden de la historicidad de la Pasión, argumentando que pasar por todo eso equivaldría a morirse muchas veces, porque ningún ser vivo podría soportar tanto trauma y mantenerse esas horas con vida. Precisamente es aquí donde entra lo sobrenatural: dice una mística del siglo XIX, a la que le fue concedido ver y entender la Pasión, que le fue revelado que Jesús recibió asistencia celestial para soportar la flagelación, pues de otro modo habría muerto; y que lo mismo ocurrió durante el via crucis, pues no habría llegado vivo al suplicio de la cruz.

Si el señor hubo de pasar por tanto sufrimiento era para expiar por todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos. Y aquí, ingresando a la parte meramente espiritual, vale tener en cuenta lo que indica esa misma mística:

«El día del Juicio, cuando todo se manifieste, veremos la parte que hemos tomado en el suplicio del Hijo de Dios por los pecados que no cesamos de cometer, y que son un consentimiento y una complicidad en los malos tratamientos que esos miserables dieron a Jesús».

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: LA DOLOROSA PASIÓN DE JESÚS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de marzo de 2018 No.1185