Por P. Fernando Pascual

Una estadística informa sobre porcentajes, tendencias, subidas, bajadas. Habla sobre consumo y salud, ahorros y municiones, precios y aparatos electrónicos, alquileres y número de parados.

Las estadísticas, los gráficos, las tablas, las encuestas, reflejan un panorama, abren el horizonte a situaciones generales. Pero no pueden (ni deben) llegar a lo que ocurre detrás de los números.

Porque una estadística puede decir que un tanto por ciento sufre por cáncer a partir de los 50 años, pero deja a un lado cómo un señor o una señora, al conocer su enfermedad, empezó a ser menos egoísta y más atento a los demás.

Otra estadística informa sobre el aumento de sueldos entre los artesanos, pero prescinde de lo que ocurrió a aquel zapatero que se arruinó por haberse confiado ante las mejorías y solicitar por ello un préstamo a un usurero.

Un gráfico genera optimismo al constatar que más y más personas tienen tablets en sus casas, pero silencia el drama de aquel joven que sufre a causa de su adicción a juegos online.

Unos números hablan del aumento del paro entre los arquitectos y otras profesiones, pero no son capaces de comprender que aquel nuevo parado ha empezado a dedicar más tiempo a sus hijos y ha mejorado las relaciones con sus vecinos.

Ante tantos números, gráficos, tablas, porcentajes, creemos comprender un poco mejor si aquel país avanza hacia el bienestar o retrocede al ser incapaz de competir en el mercado. En realidad, nunca llegaremos con números a tocar las experiencias íntimas de cada corazón ante los cambios del pasado y del presente.

Solo Dios conoce lo que hay dentro de cada ser humano. Ve la esperanza de quien lucha contra sus problemas de salud. Comprende la tristeza de quien ha invertido su vida en el trabajo y descuidado su matrimonio. Acompaña a quien ha sido engañado por un falso amigo y le anima a reemprender las tareas de cada día.

Tal vez hoy leeremos una nueva encuesta que explica cómo las personas de tal ciudad viven mejor, mientras que las de otra ciudad viven peor. Más allá de esa encuesta, en esas dos ciudades, como en tantas otras, hay hombres y mujeres que luchan, que caen, que se levantan, y que necesitan descubrir que Dios les cuida y que solo serán plenamente felices en el amor.