Eduardo Lira, mejor conocido como «Lalo», es un joven originario del municipio de Tequisquiapan, Querétaro. A sus 21 años y con una carrera universitaria en curso ha decidido seguir a Cristo a través de la mirada al otro, el más necesitado, el que es el rostro de Jesús y que se encuentra a la espera de la vida misionera.

Por Mary Velázquez Dorantes

Lalo conoció la vida misionera a través de la congregación de religiosas «Esclavas de la inmaculada niña», y lo que en un momento inició como una curiosidad por vivir experiencias nuevas, se convirtió en una vocación que lo desafía, y lo apasionada día con día. Su actividad misionera lo ha colocado como un activista al servicio de los más débiles, pero sobre todo al servicio de Dios para que el mensaje del Evangelio llegue a los rincones más olvidados de México. Este joven activo, con una fe fuerte y la firme idea de la que vida misionera es un mandato divino, platicó con El Observador de la Actualidad.

¿Cómo vives el trabajo de evangelización y misiones desde tu juventud?

Considero que lo vivo de una manera muy fresca y lleno de energía, ya que normalmente a este tipo de labor se le considera aburrida o poco atractiva. Sin embargo, con la participación de los demás compañeros y de las personas a las que visitamos, se vuelve una experiencia enriquecedora y bastante satisfactoria.

No debemos olvidar que vamos a proclamar la palabra de Dios antes que todo. Es por ello que, aunando eso a la juventud, la experiencia se vuelve interesante; además, la vida misionera es una de las formas más flexibles de evangelizar. Personalmente lo que considero más importante es que siempre te llevas alguna enseñanza con ello. Aprender sobre quién está en otro espacio, con características diferentes y con una fe que el Evangelio conquista, llena y eso es suficiente.

¿Qué significa para ti la experiencia de mirar al otro en sus necesidades más vulnerables?

Para mí el observar a las personas en situaciones vulnerables me despierta una gran sensación de tristeza e incertidumbre, pero a la vez me nacen unas ganas inmensas de ayudar y hacer todo lo posible por mejorar sus condiciones de vida. Esto por medio de apoyos alimenticios, pláticas motivacionales y cada cosa que esté en nuestras manos para poder ayudar, será puesta a prueba para buscar una posible mejoría. Por otra parte, contemplar cada uno de los sucesos a los que estoy expuesto, me hace valorar y reflexionar acerca de cómo llevamos nuestra vida las personas «normales» o al menos las que vivimos bajo la facilidad de una ciudad. Es inevitable no realizar comparaciones entre ambos mundos y conocer mejor todo lo que nos rodea como seres humanos.

Me parece que la experiencia misionera renueva cuando nos encontramos con el otro. La realidad es descubrir que todos somos misioneros y que esa vocación inspira los corazones humanos.

¿Cuáles han sido los desafíos de mayor trascendencia en tu vida misionera?

Los mayores desafíos dentro de mi vida misionera han sido indiscutiblemente el salir de una zona de confort y no solamente contemplar otro tipo de vida, sino entrar en ella y vivirla desde adentro. Al final de cuentas, mi vida misionera es de diez días, en lugares con pobreza, con injusticias sociales, con una lejanía de la vida social tremenda, diez días en los que estás expuesto a otro mundo y cada cosa, desde la más simple como la vestimenta hasta la más compleja como lo puede ser la jerarquización de sus sociedades. Se presentan como un reto enorme para ti. No importa cuánto tiempo lleves en la labor misionera, siempre habrá algo que te sorprenda y que te haga perder el equilibrio.

Desde tu mirada vocacional, ¿Cuál es la mayor recompensa al dar a conocer el mensaje de Cristo Vivo a quien parece estar olvidado?

Personalmente considero que la mayor recompensa para mí al dar a conocer la palabra de Dios es mirar en las personas el aumento y nacimiento de una fe, de una esperanza.

Nuestro lema como grupo misionero es: «la fe por sí sola, si no tiene obras está muerta». No somos personas que obliguemos a la gente a creer en Dios y tampoco a comprometerlos a ello por medio de la ayuda que les otorgamos; al contrario, solo somos portadores de la palabra y quien decida tomarla es libre de hacerlo y quien no, también lo es. Pero la palabra de Dios seduce, enamora, convence.

La recompensa en sí, no es lo que podemos hacer por la gente, sino lo que la gente hace por nosotros al hacernos reflexionar y meditar sobre nuestras vidas. El trabajo misionero es doble, tú ayudas y regresas ayudado, transformado. Desde mi juventud cada jornada misionera me hace pensar en la vida que llevo y esa es la mejor recompensa: tú das, el otro también.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 5 de mayo de 2019 No.1243