El Señor hablaba frecuentemente con su sierva Concepción Cabrera. Sin embargo, en los últimos años de su vida, Jesús la llevó por un camino de desolación espiritual. Ella entendió que los silencios del Señor la asociaban más íntimamente con la soledad de la Virgen María y con aquel profundo desamparo de Jesús en la Cruz. Al acercarse el momento de su muerte, uno de los sacerdotes allí presente le preguntó: «Conchita, ¿y sus relaciones con Jesús?». Y ella le respondió: «Como si nunca nos hubiéramos conocido».

Pero en tiempos anteriores Jesús fue muy prolífico en mensajes y enseñanzas. Aquí hay algunas de las muchas cosas que le comunicó a su servidora:

  • «Mira, hija, que todos los corazones sean puros, que todos los míos se unan a María, para hacer de contrapeso a tanta maldad; de este modo, mi Corazón ultrajado será consolado. Que griten al Padre, que quiere perdonar pero al que le faltan las víctimas, como te he dicho. Que se haga reinar al Espíritu Santo, antagonista de Satanás. Sólo Él puede transformar lo que es materia en espiritual y en puro lo que no lo es».
  • «Hay almas que han recibido la unción a través de la ordenación sacerdotal. Pero hay… también almas sacerdotales que tienen una vocación sin tener la dignidad o la ordenación sacerdotal. Ellos se ofrecen en unión Conmigo… Estas almas ayudan espiritualmente a la Iglesia de manera poderosa».
  • «Tú serás madre de un gran número de hijos espirituales, pero ellos constarán a tu corazón como mil mártires. Ofrécete como holocausto para los sacerdotes, únete a mi sacrificio para obtener gracias para ellos».
  • «¿Qué es lo que sostiene a mi Iglesia en su unidad, en su fe, en su estabilidad, sino mi crucifixión constante, y los infinitos méritos de mi inmolación en los altares y en las almas? ¿Qué cosa hay de mayor gloria para mi Padre, para toda la Trinidad, sino mi perenne Sacrificio? ¿Qué puede haber de mayor eficacia sino mi constante crucifixión en bien de mi Iglesia y de las almas todas?».
  • «El Espíritu Santo, hija, se produjo de la mirada eterna de la complacencia entre el Padre y el Hijo, al contemplarse sin testigos, recíprocamente, con una delectación que ni los ángeles pueden comprender. De esa mirada (…) brotó el Amor increado,(…)el Amor mismo personificándose en el Espíritu Santo! Ése es su origen, pero origen eterno, (…) divino, (…) sin principio, porque en el principio ya era el Espíritu Santo con el Padre y el Verbo, fundidos todos en aquel Amor, que forma sus eternas complacencias y delicias».

TEMA DE LA SEMANA: CONCHITA CABRERA: «¡DIOS MÍO, TU MÉXICO!»

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de abril de 2019 No.1242