Miguel Aranguren

El Papa Francisco se asomó al balcón del Ángelus para rezar el Regina Coeli (propio del tiempo de Pascua) y, a continuación, pedir a los peregrinos un aplauso en honor a Guadalupe Ortiz de Landázuri, nueva beata de la Iglesia, que fue numeraria del Opus Dei y, entre otras muchas cosas, iniciadora de la labor de la Prelatura en México.

Me quedo con la petición del aplauso, que va más allá del detalle emotivo como colofón de una festividad. Fue la manera espontánea con la que el Sucesor de Pedro vino a introducir a una nueva intercesora para la Iglesia en camino.

Es decir, para cada uno de nosotros. Quizá olvidamos que esta institución maltratada (por los pecados de quienes la formamos, algunos de ellos, además, delitos deleznables) es inseparable a una Iglesia purgante (compuesta por las almas que aguardan, esperanzadas, su entrada en el Paraíso después de reparar el daño causado por sus faltas perdonadas) y a una Iglesia triunfante, compuesta por todos los bienaventurados que gozan de Dios en el Cielo. Solo así, con estas tres caras de una misma realidad, se entiende la manifestación de «Esposa de Cristo» con la que se la reconoce, o la de «Cuerpo místico de Cristo». La Iglesia está compuesta por cada uno de los estados a los que aspiramos los cristianos: una vida activa y militante, una purificación definitiva y una dicha sin fin en la bienaventuranza, que es la que pertenece a los santos.

Los santos no son un capricho de los pontífices, un adorno con el que decorar las capillas laterales de los templos, un motivo para modelar figuritas de mirada beatífica. Los santos son la confirmación de que las promesas de Jesús son ciertas, que cabe alcanzar la bienaventuranza a pesar de nuestros defectos e infidelidades y, sobre todo, que el poder de Dios es infinitamente mayor que el derrumbe de la humanidad que se recoge a diario, por ejemplo, en la prensa.

Monseñor Fernando Ocáriz, Prelado del Opus Dei, recurrió en la Eucaristía de acción de gracias en honor a la beata Guadalupe a unas palabras de san Josemaría, inspiradas en un texto del profeta Isaías: «Dios no es menos poderoso hoy que en otras épocas». A los hechos me remito: san Juan Pablo II proclamó cuatrocientos ochenta y dos nuevos santos y mil trescientos cuarenta y cinco beatos (aclaro que la beatitud es la constatación no solo de que la persona proclamada goza del Cielo sino de que intercede por sus hermanos, los hombres. Dicha constatación exige el reconocimiento de la fama de santidad por parte del pueblo de Dios, así como la aprobación del modo heroico con el que vivió todas las virtudes, así como un milagro atribuible a su intercesión, analizado y reconocido por un tribunal. Si se trata de una curación personal, además, esta debe ser completa e irreversible. Y para la proclamación de santidad -y, por tanto, de culto universal y no solo de los fieles de una diócesis- debe producirse un nuevo milagro por parte del beato, atestiguado con las mismas exigencias).

Benedicto XVI proclamó cuarenta nuevos santos, así como ochocientos sesenta y dos beatos. Francisco, por el momento, ha proclamado ochocientos noventa y dos santos y mil ciento setenta y cuatro beatos.

Claro que no es cuestión de cifras sino de glorificar a Dios por el ejemplo que nos han dado estos hombres y mujeres enamorados de Cristo, que pasaron por la vida haciendo el bien y que son testigos de que no hay nada perdido en la salvación del género humano. Cada día -¡hoy mismo!- el mundo gira repleto de santos que no saben que lo son y que, en algún momento más allá de su muerte, serán mediadores de nuevas generaciones de creyentes.

El problema radica en que somos muchos los que hemos adaptado la fe a una racionalidad de silicona. Creemos sin creer. O, mejor dicho, creemos sin compromiso. ¿Caben santos en el siglo XXI? A veces lo dudamos. ¿Pueden ser intercesores en la vida pragmática de hoy? También lo ponemos en duda. Pero los tenemos, y por miles. Y no solo en tallas de madera revestidas con hábitos talares que pueden resultarnos algo distantes, sino entre las probetas de un laboratorio, como Guadalupe Ortiz de Landázuri, que fue química y que, al igual que cualquiera de nosotros, leía el periódico, compraba ropa que le favoreciera o se tomaba un café con sus amigos.