Dice la Palabra de Dios: «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero, ¿como invocarlo sin creer en Él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de El? ¿Y cómo oír hablar de El, si nadie lo predica?» (Rm 10, 13-14).

Pero la conversión del joven comunista André Frossard, ocurrida hace 84 años, justo el 8 de julio de 1935, rompe con este molde. Entró ateo y sin plan alguno en una capilla del Barrio Latino de París, donde estaba expuesto el Santísimo Sacramento, a las 5:10 de la tarde, y salió de ahí a las 5:15 de la tarde convertido en católico. Fueron tres o cuatro minutos que lo hicieron descubrir: «Él es la realidad, Él es la Verdad».

Creyó en Dios sin necesidad de reflexión previa ni de estar en medio de angustias existenciales. Sencillamente entró en la capilla y allí estaba Dios esperándolo.

Nunca nadie le había mencionado a Dios sino hasta que conoció a su amigo André Willemin, el católico que involuntariamente hizo que Frossard entrara en la capilla.

Es trágico, pero lo cierto es que en la niñez, adolescencia y juventud de Frossard había en su región muchos católicos y muchos judíos; y sin embargo, éstos jamás decían a los comunistas una sola palabra relativa a la fe; no había el menor fervor por hacer llegar los tesoros del Cielo a estos necesitados espirituales; todo con tal de evitarse problemas.

Willemin fue el único de los conocidos de Frossard que, conforme a la Palabra de Dios, anunció su fe a su amigo, si bien había creído que el joven ateo se haría cristiano por razonamientos intelectuales, y por ello le había prestado libros pero sin el menor resultado: Frossard seguía tan ateo como siempre. Al final fue Dios el que hizo todo el trabajo.

En su libro Dios. Las preguntas del hombre, Andrés Frossard escribió: «Para mí lo único que existe es Dios, lo demás es hipótesis. Me han dicho muchas veces: ‘¿Dónde acaba su libre arbitrio? … Entra usted en una iglesia y llega a ser cristiano. Si entra en una pagoda sería budista, y si entra en una mezquita sería musulmán’. A lo que acostumbró a responder ‘Si entro en una estación, no por eso soy tren. En cuanto a mi libre albedrío puedo afirmar después de mi conversión, y tras haber comprendido que sólo Dios puede salvarnos de todas las formas de esclavitud, que sin Él estamos condenados inexorablemente. Insisto. Fue una experiencia objetiva, casi un experimento de física y yo no tengo para transmitiros mas que este precioso mensaje: más allá, o mejor, a través del mundo que nos rodea y del que formamos parte, existe otra realidad infinitamente más concreta de a la que damos crédito, y esta realidad es la definitiva, ante la que no tengo más preguntas».

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: ¿SE PUEDE ENCONTRAR A DIOS SIN BUSCARLO?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 14 de julio de 2019 No.1253