Que María, Madre de Dios, es siempre virgen es algo que nadie olvida ya que precisamente el modo en que más se hace alusión a ella es llamándola simplemente la Virgen. Además es algo que claramente se demuestra en la Biblia (ver Isaías 7, 14; Mateo 1, 18-23; Lucas 1, 26-35; Juan 19, 26).

Por la Tradición (con mayúscula) se sabe que san José, casado por elección divina con María cuando él andaba alrededor de los 30 años, también es virgen. Pero una corriente gnóstica influyó en crear una tradición (con minúscula) que lo representa en los evangelios apócrifos como un anciano —lo que luego influyó en el arte pictórico—, pues se pensó que era imposible que un varón joven fuera capaz de mantener la continencia viviendo con una mujer legalmente convertida en su esposa.

Aunque en tiempos de la Sagrada Familia el voto de castidad era algo que chocaba con la mentalidad común de los judíos, al mismo tiempo había un pequeño movimiento religioso muy atípico, el de los esenios, hombres y mujeres muy piadosos y dedicados por entero a la penitencia, el ayuno y las obras de misericordia, y que seguían reglas de vida parecidas a las de las órdenes religiosas que surgirían del cristianismo.

La mayoría de los esenios permanecían vírgenes de por vida, viviendo en perfecta pureza como ofrecimiento a Dios; aunque también había un número reducido de esenias y esenios que sí se casaba y formaba a sus hijos en los mismos principios, guardando con el resto de la comunidad una relación semejante a la que los Terciarios Franciscano tienen con respecto de la Orden Franciscana.

Por revelaciones privadas se sabe que san José, sin ser esenio, desde niño era amigo de esta comunidad y aprendió mucho de ella, por lo que su opción por la virginidad —desde luego impulsada por la Gracia divina—, quizá la conoció por este medio.

Pero lo más importante a destacar es que el propio Jesucristo es virgen. Esa verdad figura en los cuatro Evangelios, donde jamás se menciona ni se alude a que Cristo fuera casado.

En Mateo 19, 10-12 el propio Señor habla del estado de virginidad por causa del Reino de los Cielos, y Jesucristo nunca propone algo a la libre voluntad humana sin darle primero el ejemplo. Lo dice la Palabra de Dios: Cristo «dejó un ejemplo a fin de que sigan sus huellas» (I Carta de San Pedro 2,21).

Por eso a lo largo de la historia del cristianismo miles de varones y mujeres de todas las condiciones —piénsese en numerosos seglares, así como en las monjas, los monjes, los diáconos, los presbíteros y los obispos— han optado y siguen optando por ser vírgenes para, en palabras de san Buenaventura, «identificarse con Jesucristo, al cual la virginidad hace asemejarse».

Pablo VI, en su encíclica de 1967 Sacerdotalis coelibatus, explica: «Cristo durante toda su vida permaneció en estado de virginidad; con lo cual se da a entender que Él se consagró por entero al servicio de Dios y de los hombres», y «prometió riquísimos premios a todos aquellos que por el Reino de Dios dejasen casa, familia, mujer, hijos (cfr. Lc 18,29-30)». Y «si, pues, los sacerdotes, los religiosos, si, en una palabra, todos los que de alguna manera se han consagrado al servicio divino, guardan castidad perfecta, es en definitiva porque su Divino Maestro fue virgen hasta el fin
de su vida».

Tan grande, tan sublime es la virginidad, guardada celosamente ya de por vida o bien antes del matrimonio, que es por ello que hoy se le ataca constantemente, incluso con afirmaciones empeñadas en negar tanto la virginidad perpetua de la Santísima Virgen María como la de Jesucristo.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: ¿TODAVÍA SIRVE DE ALGO LA VIRGINIDAD?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 7 de julio de 2019 No.1252