Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La distribución al público de la Cartilla Moral del erudito escritor neoleonés Alfonso Reyes ha causado verdadera alharaca.

Es una glosa profana y ampliada al decálogo mosaico que recoge la valiosa experiencia de la humanidad, la que le ha permitido sobrevivir hasta hoy. Ha hecho bien y lo hará entre nosotros, tan reacios a la sensatez en asuntos de poder. Tanto la verdad como el bien, vengan de donde vinieren, del Espíritu Santo son, enseñaba santo Tomás de Aquino.

Esta Cartilla nos invita a reflexionar sobre el bien y el mal, y nos recuerda que el hombre se distingue de las bestias por su condición moral. Sobre este «principio y fundamento», también llamado «ley natural», se asienta la obra salvadora cristiana, porque la gracia divina no niega a la naturaleza humana sino que la mejora. Bienvenida, pues, la Cartilla Moral, rescatada desde las oscuras bodegas del liberalismo intransigente. Pero…

El «pero» que le ponemos los católicos es que, para ser cristianos de verdad, no basta inspirarse en una opción moral o en un sistema filosófico satisfactorio, sino que se requiere el encuentro con una persona viva, que se llama Jesucristo.

La moral cristiana no es un catálogo de leyes o principios (que también los tiene), sino una persona viva, capaz de transformar y darle un sentido a nuestra vida. La vida eterna, la verdadera, consiste en encontrarse con el Señor Jesucristo y en su rostro descubrir al Dios verdadero, el Padre del cielo. De aquí brota, no la mera filantropía, sino la fraternidad.

La auténtica cartilla moral, la cristiana, se encuentra descrita en el Sermón de la Montaña; en el himno a la Caridad de san Pablo; en el cuestionario del Juicio final en san Mateo y en la parábola del (buen) Samaritano, ése que se bajó de su cabalgadura para asistir al hombre herido por los ladrones. Es, en una palabra, la ley de la caridad o del amor.

De modo que la verdadera cartilla moral del católico no es un texto grabado en tablas de piedra, ni la escrita en los códices de los doctores de la ley, ni en ningún texto para aprender y repetir de memoria, sino en el seguimiento e imitación de Jesucristo que, cruz al hombro, nos enseña a dar la vida por los demás. Esta es la «ley del Espíritu» que nos hace y ayuda a vivir como hijos de Dios. La letra mata, el Espíritu da vida.

Sólo la persona de Jesucristo puede guiarnos por el camino de la vida eterna. La hoja de ruta para un católico es la imagen de Cristo clavado en la cruz que preside nuestros templos, nuestros hogares y que debe regir nuestra conducta, incendiado el corazón por el fuego del Espíritu santo, es decir, por el Amor.

Esta es la guía de la Iglesia católica. Los ataques desde el poder lastimaron por más de un siglo al compatriota creyente, pero éste,al oír un nuevo lenguaje religioso, aunque ambiguo, con promesas mesiánicas y con citas bíblicas, puso atención y lo escuchó con esperanza.

A la compenetración entre política, moral y religión en el país vecino se atribuye su prosperidad, pero que divide al pueblo entre buenos y malos. Este movimiento político-religioso se originó con el llamado «fundamentalismo bíblico» que, en el fondo, lo que intenta es justificar el poder. Pero la religión no debe utilizarse en apoyo de un grupo dominante, menos de una ideología religiosa como lo es el «biblismo fundamentalista» importado por los reformadores y ahora de nuevo floreciente. La Biblia es instrumento de servicio, no de poder.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de julio de 2019 No.1254