Por Sergio Ibarra

La semana que termina estuve en Veracruz. Me encontré con una situación que parecería «normal» hace 30 años. En ese estado el servicio de UBER no existe.

Al tener que tomar un taxi para dirigirme al aeropuerto, el hotel no tenía taxis y entiendo que ninguno, de tal forma que la única solución es que el hotel «programe» un servicio. Hasta ahí todo estaba bien. Pregunté si el taxi que se «programaría» tendría facturas. La respuesta fue que sí, pero que era cosa de ponerse de acuerdo con el taxista.

Al día siguiente pregunté por el taxi «programado». No había tal. El botones hizo una llamada y en minutos llegó el taxi. Al abordarlo, pregunté por la factura. La respuesta fue: «Tengo notas». Le inquirí: «¿Por qué no tiene facturas?», y su respuesta fue: «Porque tendría que pagar impuestos, yo solo soy un chofer, no estoy dado de alta». Ah, ¿y el concesionario?… ¡Tampoco!

Si algo ha demostrado UBER es que la legalidad la apreciamos los de una buena parte de la sociedad. Esa parte buena es la que paga impuestos. No solo es la factura que la ley exige para hacer deducible un gasto. Es la garantía de un buen servicio, una unidad en buen estado que, perdonando la expresión, no apeste y esté limpia. ¿Queremos una Patria competitiva? Debemos cumplir con nuestras obligaciones como ciudadanos civilizados. Lo de civilizados implica cumplir con las leyes fiscales.

¿Por qué se toleran estas situaciones? ¿Acaso estos concesionarios, los gobiernos estatales, la secretaría de Hacienda, el gobierno federal, continúan viviendo en la década de los años setenta, en donde ni el IVA existía? ¿El mantenimiento de las ciudades y la urbanización se hacen por algún acto de magia? ¿Será que seguimos en campaña y hay que ganar votos a costa de quienes los mantenemos?

El presidente López Obrador alega y alega que el piso sea parejo, que él es un ejemplo de no corrupción y congruencia. Al paso que van las cosas, vamos a tener que tomar cursos intensivos para iniciar juicios de amparo ante éste y otros atropellos plagados de incongruencias y de corrupción. Es la única defensa.

El chofer insistió: «¿No quiere la nota?»

Publicado en la edición impresa de El Observador del 30 de junio de 2019 No.1251