Por Tomás de Híjar Ornelas

Enséñame a escuchar, para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal

Salomón (1R 3,9)

Así se llama la carta que veinticinco estudiantes (laicos, mujeres en su mayoría, entre 20 y 40 años de edad) de la Facultad Pontificia de Teología del Sur de Italia, sección San Luis,

Nápoles, escribió al Papa cuando ya era un hecho que los visitaría en su sede el 25 de junio que acaba de pasar, para clausurar con un discurso la conferencia organizada los días previos bajo el nombre «Teología después de la Veritatis gaudium en el contexto del Mediterráneo».

En el texto, aluden a la «coherencia perturbadora» de Francisco para luchar contra la indiferencia de los actores sociales y desde el compromiso cristiano para provocar el «encuentro» con las periferias olvidadas, la atención inmediata a los desequilibrios económicos y la convocatoria a «una alternativa de hombres y mujeres de buena voluntad que asumen la responsabilidad de ser testigos de la verdad».

Desde su especialidad, los estudiantes lanzan en su carta propuestas para renovar los estudios teológicos desde aspectos tan novedosos como lo son el papel del laico y de la mujer en la historia de la salvación, la Iglesia de los pobres y la dignidad de la persona, la bioética, la vida contemporánea y el discurso interdisciplinario en un contexto como el que ahora está convirtiendo del Mar Mediterráneo en una tumba pavorosa.

La brecha que desde distintos flancos abrió Francisco tiene ahora consecuencias insospechadas que, obligados por el espacio, aquí reducimos a tres.

Primero, purificar la autoridad desde la legitimidad de la obediencia a costa del autoritarismo, que es como decir, desplazar al que manda mandando por el que manda obedeciendo, según corresponde a la etimología de este término oboedescere: saber escuchar. No sólo oír, sino captar, analizar y pensar lo que me pide el que tengo ante mí.

Segundo, combatir sin tregua la «globalización de la indiferencia», que incluye el «deterioro del medio ambiente, la explotación de los recursos naturales, las disputas territoriales y al desprecio absoluto de nuestro hogar común, que afecta principalmente a los más pobres y vulnerables» –el entrecomillado se toma del más reciente discurso del Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas en Ginebra, don Ivan Jurkovič, en el marco de la 41ª sesión del Consejo de Derechos Humanos de esa entidad, dedicada a los derechos de los desplazados internos.

Tercero, educar para la vida a los únicos que están en condiciones de prepararse para tomar las riendas del futuro del hombre en el tiempo, los niños y adolescentes en condiciones de ser educados, a través de un pacto que tiene como surco el cuidado de la propia salud y de la sensibilidad espiritual como condiciones para conocer y usar los recursos actuales de la ciencia y de la tecnología.

En todo este proceso, el obispo de Roma cuenta con el respaldo pleno del presbiterio y corona de ello es su Carta dirigida a este sector el 4 de mayo que acaba de pasar, en el marco del 160 aniversario de la muerte de Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono celestial de este gremio, con el que se muestra muy cercano, solidario en las tristes circunstancias que ahora le rodean, pero que él asume como un acicate siempre y cuando el clero esté dispuesto a ser símbolo de fidelidad y de compromiso en el Evangelio, agradecidos, animosos, cercanos a la comunidad y a la maternal protección de María.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de agosto de 2019 No.1257