Por Jaime Septién

Jorge Luis Borges, el grande escritor argentino, solía decir que hay solamente dos verbos que no aceptan el modo imperativo: soñar y amar. En efecto, no se le puede decir al otro: ¡sueña!, ¡ama! Sería una agresión a la creatividad y a la entrega: nadie sueña o ama por deber.

Sin embargo, Borges se olvidó de decir que existe otro verbo que tampoco acepta el modo imperativo. Me refiero al verbo orar. Puedes obligar a alguien, a ti mismo, a ponerse de rodillas e invocar las palabras con las que los católicos adoramos a Dios, veneramos a la Virgen, a los santos. Pero es imposible modular su corazón para que esas palabras sean dichas a manera diferente de la repetición.

La oración entra por el sentimiento de debilidad, de dependencia a un ser infinitamente superior que, por si fuera poco, me ama a mí por lo que soy. Borges mismo es el ejemplo de esta grande verdad. Su madre, a la que le tenía un afecto extraordinario, le pidió que después que ella muriera, nunca dejara de rezar el Padrenuestro, cada noche. Lo hizo así, no obstante, apenas si creyera en Dios o no creyera más que en la paradoja de un Dios que le dio, al mismo tiempo, «los libros y la noche» (es decir, la dirección de la Biblioteca Nacional de Argentina y la ceguera).

La oración es nuestra tabla para salvar el naufragio del pecado. Es la rendija por la que se cuela el alma hacia las playas de la eternidad.

TEMA DE LA SEMANA: UN TALLER PARA APRENDER A ORAR

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de agosto de 2019 No.1257