Por Sergio Ibarra

En El Observador 1254 nuestro Director, compañero de montonal de reflexiones, proyectos y, sobre todo, un amigo, hizo referencia de Marie Noël y San Agustín, al respecto de la frase enigmática como la refirió en la columna De Camino: Echar el Alma.

Referir sabias y valiosas letras que cada semana se vierten en nuestro semanario no es una repetición y menos un plagio, sino una extensión de la profundidad que subyace detrás de esta frase.

El alma, etimológicamente, se deriva del latín anima, que ha derivado en cualquier cantidad de significados, como aire o soplo, por mencionar tan solo dos, pero en términos de quienes somos seguidores de Jesús el Cristo, el alma es el propio ser, el hombre llegó a ser alma viviente (Génesis 2,7), por tanto, es la vida en sí, es esa vida con la cual podemos aspirar a la vida eterna.

Siendo lo más valioso en nuestra vida terrenal, ¿qué pudiese ser tan relevante para echar el alma? Cuando sería más fácil cuidarla y no arriesgarla. Total, cuando partamos le decimos a Dios: aquí está el alma que me diste. Sin embargo, ese soplo de vida que Dios nos dio, queda en cada quién decidir qué hacer con él, qué hacer con la oportunidad de ser y estar, en el breve, muy breve tiempo de estancia en esta vida terrenal, comparada con la eternidad.

Echar el alma es intemporal, tanto para quienes nos antecedieron, como para quienes nos sucedan. La decisión de echarla compromete a ser y a estar en cada una de las oportunidades que Dios nos reserva. La cuestión es que echando el alma es como podemos distinguirlas, dar cuenta de cómo nuestra alma puede trascender y crecer aquí; ya luego veremos si nos ganamos un espacio en la eternidad.

Ponerla al servicio del prójimo, a ser no un soplo, sino quizás, tan ello, un poco de aire fresco vital para el atribulado, el enfermo, quien está en crisis, para nuestros seres queridos, nuestros abuelos, padres, hijos, hermanos, primos, amigos, hará que valga la pena cuando nos lo pregunten: ¿Cómo estás?, seamos dignos de decir: echando el alma.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de julio de 2019 No.1255