Advierte san Josemaría Escrivá: «Mira qué conjunto de razonadas sinrazones te presenta el Enemigo para que dejes la oración: ‘me falta tiempo’ —cuando lo estás perdiendo continuamente—; ‘esto no es para mí’, ‘yo tengo el corazón seco’…

«La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada».

El demonio tienta con mil argumentos para convencer de que, como rezar «quita tiempo», no es algo compatible con el estilo de vida del hombre moderno, tan ocupado. Lo cierto es que el individuo promedio desperdicia muchas horas viendo películas y series de televisión, y enviando y leyendo mensajes en redes sociales. Si empleara apenas una fracción de ese tiempo en orar, su vida sería otra.

Y si Satanás busca alejarnos de la oración a toda costa es porque es un camino que evidentemente puede llevar hacia la vida eterna. Por eso dice santa Teresa de Ávila:

«Bien sabe el Traidor que un alma que persevera en oración se le ha ido para siempre;… me pueden creer: ella llegará al puerto de la salvación».

Orar es conversar con el Señor, elevar el alma y el corazón hasta Él para alabarlo, darle gracias, desagraviarlo, acompañarlo y pedirle ayuda. Esto se puede llevar a cabo por medio de pensamientos, palabras, afectos y hasta de acciones; es decir, hasta el trabajo bien hecho, sea el que sea (pelar papas, colocar ladrillos, hacer un balance presupuestario, etc.) , se puede convertir en oración si es ofrecido a Dios, y mejor aún si se realiza poniendo la mente frecuentemente en Dios.

Igualmente las jaculatorias (pequeñas oraciones de una sola frase) pueden ser empleadas en todo tiempo y lugar hasta por la gente más ocupada.

TEMA DE LA SEMANA: UN TALLER PARA APRENDER A ORAR

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de agosto de 2019 No.1257