Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La cultura moderna suele enseñar «cómo» se hacen las cosas para su disfrute inmediato, pero poco o nada suele reflexionar sobre el «para qué», su destino final.

Ahora buscamos lo útil, lo práctico, lo placentero, más que el fin último del quehacer humano que es la felicidad. De aquí depende que gran parte del esfuerzo humano nos cause insatisfacción y, por tanto, infelicidad. Así nos quedamos atrapados en nuestra propia telaraña, entorpeciendo el don más maravilloso que tenemos que es la libertad. De estas redes que nos aprisionan, necesitamos alguien que nos venga a liberar, pero primero debemos caer en la cuenta de nuestra dolorosa situación. A esta condición humana humillante la Biblia la llama pecado, palabra que ahora nos causa repulsión pero que llevamos en el corazón como veneno mortal.

En la Sagrada Escritura tenemos esa guía maravillosa de conducta humana para sabernos situar correctamente en el mundo en que vivimos, comenzando por saber quiénes somos nosotros mismos, quiénes son los demás, cómo relacionarnos con ellos, y cómo hacer uso correcto de los bienes de la creación.

En la Biblia encontramos, desde sus primeras páginas, la respuesta a nuestros interrogantes fundamentales: ¿Quién soy yo?, y la Escritura me responde: -Soy Adán; ¿quiénes son Eva y Adán? –Son el matrimonio según el proyecto de Dios; ¿quién es mi hermano? –Somos Caín y Abel; ¿quién es la humanidad? –La descendencia de Caín y de Lamec; ¿qué hacer con esta humanidad? –Merece el Diluvio; ¿por qué subsistimos ahora? –Por la misericordia de Dios y por la fe de Abraham, portador de su bendición realizada en Jesucristo. Durante este largo proceso de pedagogía divina, aprendemos cómo utilizar correctamente los bienes de la Creación, indispensable para vivir y realizarnos como creaturas de Dios, en una ecología humana y racional.

Este camino azaroso hacia la felicidad lo podremos descubrir si tenemos presente la primerísima frase de la Biblia: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra», que es, para los católicos, el primer artículo que recitamos en el Credo, la profesión de nuestra fe. Si no tengo en cuenta este principio sapientísimo jamás lograré la felicidad, ni aquí ni en mi destino final. Quedaré imperfecto en este mundo imperfecto, irrealizado en un mundo mutilado por mi ignorancia y mi soberbia. Con este trazo vigoroso relata la Biblia la tragedia humana desde sus orígenes en el paraíso.

En la Biblia tenemos el espejo del drama en que incurrió la humanidad por insinuación de la serpiente, del Maligno, del cual vino a liberarnos Jesucristo. Él es el único portador de la clave para encontrar el camino de la felicidad, cuyo primer paso es reconocer nuestra condición de creaturas de Dios.

Desde el comienzo de la Biblia tenemos la clave de la felicidad que es reconocer que venimos de Dios, que somos creaturas suyas, que Él nos hizo por amor, que nuestro destino es Dios, y que sólo bajo su mirada y en su compañía podemos realizarnos como creaturas felices. Negar al Creador es pervertir a la creatura. Como ahora nosotros hemos renegado de Dios Creador pensando que no nos hace falta, nos volvimos ignorantes de nuestro origen verdadero, carentes del conocimiento de nuestro destino final, sin relaciones sanas dentro del matrimonio, sin reconocimiento del hermano y del prójimo, y sin respeto por el uso recto y provechoso de la creación. El hombre moderno y dotado de poder, al renegar en la vida cotidiana de su Creador, se cree «dios» él mismo, y termina en caricatura del Dios verdadero, un ídolo y faraón esclavizador.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 22 de septiembre de 2019 No.1263