Oraciones sencillas son suficientes para ofrecer a Dios el día y todas las buenas obras que surgen de él

El plan de vida espiritual consiste en una serie flexible de prácticas de piedad, también llamadas normas, que debemos intentar cumplir durante el día y que buscan centrar nuestra vida en Dios.

Una de las normas o prácticas de piedad básicas del plan de vida es el ofrecimiento de obras. Consiste en que cada mañana, nada más al despertarnos, le digamos a Dios que todo lo que vamos hacer durante la jornada es para Él.

Y como queremos ofrecerle solo cosas buenas, por así decir, «renovamos el propósito de no ceder, de no caer en la pereza o en la desidia. De afrontar los quehaceres con más esperanza, con más optimismo, bien persuadidos de que si en alguna escaramuza salimos vencidos, podremos superar ese bache con un acto de amor sincero». (San Josemaría Escrivá)

Comenzando bien el día

El ofrecimiento de obras por la mañana es un acto de piedad que orienta bien el día, que lo dirige a Dios desde sus comienzos, de la misma manera que la brújula señala al Norte. El ofrecimiento de obras nos dispone desde el primer momento a escuchar y atender las innumerables inspiraciones y mociones del Espíritu Santo en este día, que ya no se repetirá nunca más.

Cada uno puede hacerlo como quiera, aunque facilita mucho tener un modo habitual de hacer esta práctica de piedad, tan útil para que marche bien toda la jornada. Unos pronuncian alguna oración sencilla aprendida de pequeños o de mayores. Es muy conocida esta oración a la Virgen, que sirve a la vez de ofrecimiento de obras y de consagración personal diaria a Nuestra Señora:

«¡Oh Señora mía! ¡Oh madre mía! Yo me ofrezco del todo a ti, y en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, ¡oh Madre de bondad!, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén».

Otras oraciones al levantarse

Vale la pena añadir otras oraciones al levantarse: alguna oración más a Dios, a San José, al Ángel de la Guarda. Es un momento también oportuno para traer a la memoria los propósitos de lucha que se concretaron en el examen de conciencia del día anterior, renovando el deseo y pidiendo a Dios la gracia para cumplirlos.

Vivamos cada día como si fuera el único que tenemos para dedicárselo, procurando hacer las cosas bien, rectificando cuando las hemos hecho mal.

Con información de CatholicLink

Publicado en la edición impresa de El Observador del 22 de septiembre de 2019 No.1263