Por Jaime Septién

Don Arturo Szymanzki (QEPD) me contó una anécdota de santa Teresa de Calcuta que la pinta de cuerpo entero. Cuando don Arturo era obispo de Tampico, madre Teresa lo visitó en su diócesis. Tenía la intención que las Misioneras de la Caridad se instalaran en el puerto. La llevó a una zona deprimida, llamada popularmente «El Cascajal». Había dos casas que podrían servir para iniciar la labor de las hermanas. «¿Cuál de las dos casas quiere, Madre?», preguntó don Arturo. Sin apenas pensarlo ni dudar un instante, la Santa de Calcuta respondió: «Las dos».

Ella tenía claro que saber recibir implica saber dar. Cuando pronunció la frase que la ha hecho famosa en todos los rincones del catolicismo, «Hay que dar hasta que te duela», lo hizo a sabiendas que dar no es «lo que me sobre», «lo que tengo destinado para que mi almita se sienta contenta». El que recibe poco es porque da poco. Y eso hacemos la mayoría de nosotros.

A Teresa de Calcuta la admiramos, la ponemos de ejemplo, citamos sus frases, sus anécdotas (como aquélla del periodista que le vio recoger con ternura un despojo humano, lavarlo, alimentarlo y dejarlo preparado para una muerte digna, y le dijo: «Madre, yo no haría eso que usted hace ni por un millón de dólares», a lo que la Santa respondió: «Yo tampoco»), pero jamás la imitamos. Porque no sabemos pedir. Damos muy poco, y de lo poco, bien poquito.

TEMA DE LA SEMANA: LA OBRA DE SANTA TERESA DE CALCUTA, ¿SIGUE VIVA?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 1 de septiembre de 2019 No.1260