• MARCOS, “HIJO” DE PEDRO

Su nombre completo era Juan Marcos, y era hijo de una mujer llamada María en cuya casa, en Jerusalén, se reunían los primeros cristianos (cfr. Hch 12, 12), de lo que se deduce que esta familia conocía y recibía con frecuencia a Jesucristo.

Marcos era uno de los discípulos de Jesús, pero no formaba parte de los 12 Apóstoles. Era pariente de san Bernabé (cfr. Col 4, 10), por lo que es posible que, al igual que éste, haya sido un levita perteneciente a la comunidad judía de origen chipriota que vivía en Jerusalén, lo que explicaría su conocimiento de la lengua griega, pues en dicho idioma escribió su Evangelio.

Cuando san Bernabé y san Pablo evangelizaban juntos, san Marcos fue con ellos (cfr. Hch 12, 25), pero estando en Panfilia los dejó (cfr. Hch 15, 38); por eso más tarde hubo desacuerdos entre los dos primeros, porque san Pablo ya no quiso llevar a san Marcos (cfr. Hch 15, 39); sin embargo, hacia el final de su misión, cuando san Pablo ya estaba prisionero en Roma, pide la presencia de san Marcos para la evangelización (cfr. II Tim 4, 11).

San Marcos también evangelizó con san Pedro en Roma, quien le tenía un profundo aprecio, tanto que le dio el apelativo de «hijo» (cfr. I Pe 5,13).

Después del martirio de san Pedro, san Marcos llevó el Evangelio a Alejandría, así como a Hielópolis, lugar donde convirtió y bautizó a muchos judíos. Su martirio ocurrió en Alejandría, donde fue estrangulado con una soga.

SU EVANGELIO

En cuanto a su texto del Evangelio, tiene sólo 16 capítulos, por lo que es el más breve de los cuatro.

Son muy pocos los pasajes exclusivos en el texto de san Marcos; entre ellos el detalle de que Cristo ni siquiera tenía oportunidad de comer y que sus parientes fueron ‘a hacerse cargo de Él’ (3, 20-21); el comentario de Jesús de que la semilla crece sin que el hombre sepa cómo (4, 26-29); la curación del sordo que hablaba con dificultad, metiendo Jesús sus dedos en los oídos y tocándole la lengua con saliva (7, 32-37), y la curación del ciego de Betsaida (8, 22-26).

  • LUCAS, EL MÉDICO DE CUERPOS Y ALMAS

En realidad se llamaba Lucano, pues Lucas es una abreviación o diminutivo de dicho nombre.

Probablemente nacido en Antioquía, era médico de profesión (cfr. Col 4, 14). Su estilo literario demuestra que era un hombre culto. Y no sólo escribió su texto del Evangelio, sino también el libro de los Hechos de los Apóstoles, para lo cual le sirvió haber sido colaborador en la evangelización, primero de san Pedro y después de san Pablo.

Según algunas tradiciones, también estuvo con el Apóstol san Andrés, y lo mismo con san Juan, en Éfeso, donde habría hecho varias pinturas de la Virgen, una de las cuales habría sido terminada sola, por asistencia divina, mientras él se encontraba orando en éxtasis.

Cuando era obispo murió mártir en Tebas, ciudad de Grecia, atado a un árbol y atravesado con flechas.

SU EVANGELIO

Más de la mitad del texto es presentado como un largo viaje hacia la Ciudad Santa, donde el Señor culmina su obra salvadora.

Aproximadamente la tercera parte del Evangelio según san Lucas está compuesto por pasajes que no aparecen en los otros sinópticos; entre ellos hay que mencionar especialmente varias parábolas muy conocidas, por ejemplo, la del buen samaritano (10, 25-37), la de la higuera estéril (13, 6-9), la del gran banquete (14, 15-24), la del hijo pródigo (15, 11-32), la del rico y el pobre Lázaro (16, 19-31), la de la viuda y el juez (18, 1-8), la del fariseo y el publicano que subieron a orar (18, 9-14) y la de la higuera que iba a ser podada porque en tres años no había dado frutos (13, 6-9).

También son exclusivos de san Lucas los pasajes concernientes al nacimiento de san Juan Bautista, la Anunciación, la visita de la Virgen María a santa Isabel, el nacimiento del Niño en Belén, su presentación en el templo, así como el pasaje en que Jesús, de doce años, se les pierde a María y José.

Igualmente la resurrección del hijo único de la viuda de Naím (7, 11-16), el pasaje de las hermanas Marta y María (10, 38-42), y el llamado de Zaqueo (19, 1-10).

  • JUAN, EL DISCÍPULO AMADO

San Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, además de evangelista fue uno de los doce Apóstoles. Se dedicaba en Galilea a la pesca cuando fue llamado por Jesús (Mc 1, 19-20). Él es «el discípulo amado» (Jn 13, 23), que se recostó sobre el pecho del Señor en la Última Cena, y el único de los Doce que estuvo junto a Jesús durante la Crucifixión.

Predicó en Asia Menor, tomando Éfeso como su lugar de residencia, a donde se llevó a vivir a la Virgen. Luego evangelizó en Roma, donde fue echado en un caldero de aceite hirviendo, pero no se quemó ni sufrió daño alguno, por lo que fue desterrado a la isla de Patmos. Hacia el año 96 pudo regresar a Éfeso, donde falleció en el año 100.

SU ESCRITO

Su Evangelio presenta más énfasis en la Crucifixión y la Resurrección, así como en la divinidad del Señor, haciendo un gran desarrollo teológico.

Son exclusivos de su Evangelio la introducción sobre el Verbo (1, 1-18), el milagro de las bodas de Caná (2, 1-11), el encuentro de Jesús y Nicodemo (3, 1-21), el de Jesús y la samaritana ( 4, 1-42), la curación del paralítico de la piscina (5, 1ss), el discurso sobre el Pan de Vida (6, 24 ss), el episodio de la mujer adúltera (8, 1-10), la curación del ciego de nacimiento (capítulo 9), la presentación de Jesús como el Buen Pastor (10, 1-29), la resurrección de Lázaro (11, 1-46), y las manifestaciones de Jesús a orillas del lago después de la Resurrección (21, 1ss), entre otros.

TEMA DE LA SEMANA: LOS EVANGELIOS, ¿PARA QUÉ NOS SIRVEN?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 22 de septiembre de 2019 No.1263