Santa Teresa de Jesús —o de Ávila, por su lugar de nacimiento— es un ejemplo para los cristianos de hoy ante la situación de crisis que se vive incluso dentro de la Iglesia al aceptar los bautizados componendas con el mundo. Es que en tiempos de decadencia espiritual Dios siempre suscita santos, enamorados de Cristo que se inclinan por la radicalidad del Evangelio, y que contagian a otros en el seguimiento fiel a Cristo, con lo que la Novia —la Iglesia— logra desempolvarse y vuelve a mostrarse pura y lozana.

Ahí están, por ejemplo: san Atanasio, que enfrentó la herejía arriana —la cual niega la divinidad de Jesucristo— que había contaminado las más altas esferas de la Iglesia, al grado de que este santo fue excomulgado, además desterrado en cinco ocasiones; san Francisco de Asís, con su pobreza radical y su fe simple y literal en la Palabra de Dios; santa Catalina de Siena, quien reprendió al Papa logrando que éste regresara a vivir a Roma para acabar con las divisiones y confusiones en la Iglesia; san Vicente Ferrer, que en pleno cisma de Occidente —había dos Papas y reinaba la relajación moral— predicaba por los pueblos de Europa sobre el Juicio Final, el Cielo y el Infierno logrando no sólo que los cristianos se enderezaran, sino también la conversión a Jesucristo de miles de judíos y musulmanes.

Cuando santa Teresa de Jesús ingresó al convento de las Carmelitas a la edad de 20 años, estaba a gusto con aquel estilo de vida, que era muy relajado, donde eran monjas de profesión solemne pero «no se prometía clausura».

Enterándose de que en la original regla carmelitana los primitivos ermitaños del Monte Carmelo hacían su vida descalzos, ella proyectó un nuevo monasterio con un estilo de vida desapegado de las cosas mundanas, y, en cambio, muy apegado a la radicalidad del Evangelio, y con mucha penitencia. Prescribió en sus Constituciones primitivas: «El vestido sea de jerga o sayal… El calzado, alpargatas», lo que los frailes carmelitas reformados de Duruelo adoptarían con modificaciones: «Sus vestidos sean de sayal vil. Anden descalzos, salvo en tierras frías, que podrán calzar sandalias o choclos de madera».

Aunque luego la cuestión de andar sin calzado se derogó, se les quedó el nombre de carmelitas «descalzos» o «descalzas», en la congregación religiosa para la que santa Teresa escogió la pobreza radical y la vida de clausura, con un llamado a la oración y a la contemplación divina.

Para la visión utilitarista del mundo actual, la vida consagrada contemplativa es una pérdida de tiempo, una acción totalmente inútil. Sin embargo, para Dios el carisma contemplativo que despertó en santa Teresa y que se extendió por todo el mundo, incluso en otras órdenes religiosas, es de máxima utilidad, pues es el «pararrayos» de la Iglesia. Un ángel reveló a la religiosa María Dominica Clara de la Cruz, O.P., a finales del siglo XIX:

«Las órdenes contemplativas son ahora más necesarias que nunca en la Iglesia, estando como están llamadas, por su vida de penitencia y expiación y por sus oraciones de día y de noche, a aplacar la justicia divina, a detener los castigos y hacer que desciendan sobre el mundo culpable las Gracias de la misericordia de Dios».

Santa Teresa hizo su obra en un tiempo en que «vinieron a mí noticias de los daños de Francia y el estrago que habían hecho los luteranos, y cuando iba en crecimiento esta desventurada secta», por lo que, «como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal…, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos»; así que «determiné hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas [monjas] que están aquí hiciesen lo mismo».

Desde entonces cada época ha tenido sus terribles pecados, pero no han faltado varones y mujeres que consuelen a Jesús por tanta afrenta y detengan el merecido castigo a la humanidad ejerciendo con toda entrega el camino trazado por santa Teresa. Entre ellos:

Hermán Cohen, judío converso al catolicismo y convertido en sacerdote carmelita; el beato Francisco Palau; san Rafael Kalinowski, restaurador del Carmelo polaco; santa Teresita del Niño Jesús (de Lisieux); santa Isabel de la Trinidad; santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein); santa Teresa de los Andes, y santa Maravillas de Jesús. Todos ellos alcanzaron la santidad inspirados en el carisma que Dios regaló a Teresa de Ávila.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: TERESA LA GRANDE: ACERCAR EL CIELO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 6 de octubre de 2019 No.1264