Santa Teresa de Ávila fue beatificada por Pablo V el 24 de abril de 1614, al término de un proceso canónico iniciado en 1591.

Fue canonizada por Gregorio XV, con la bula Omnipotens sermo Dei del 12 de marzo de 1622. La ceremonia de canonización tuvo lugar en Roma, y fue especialmente solemne puesto que fueron declarados santos en la misma fecha estos cinco famosísimos: santa Teresa de Jesús, san Isidro labrador, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier y san Felipe Neri.

Pero ya antes de la beatificación de Teresa de Jesús se hablaba de su «doctrina eminente», por lo que se la empezó a representar en pinturas y esculturas en el acto de escribir, a veces iluminada por rayos divinos o por el Espíritu Santo, y otras con el birrete y otros atributos de los doctores.

También las oraciones litúrgicas recogieron expresiones que estaban reservadas solo a los Doctores de la Iglesia, como: «Concédenos imitar lo que hizo y realizar lo que enseñó… Así nos alimentemos con su doctrina celestial… Fue dotada de admirable gracia de erudición…».

A las numerosas peticiones para que se le diera el reconocimiento oficial de Doctora de la Iglesia, desde Roma se respondía siempre: Obstat sexus («Lo impide el sexo»). Sin embargo, el año 1622, en una ceremonia pública, los catedráticos de la universidad de Salamanca revistieron una escultura suya con el birrete y demás insignias correspondientes a los doctores. En 1922 el claustro de la misma universidad la nombró Doctora honoris causa.

Pablo VI la distinguió con el título de Doctora de la Iglesia en 1970, siendo la primera mujer reconocida con ese título «en atención a su sabiduría de las cosas divinas y al magisterio que ejerce con sus escritos».

Tras ello, sólo otras tres mujeres más han sido declaradas Doctoras de la Iglesia: santa Catalina de Siena, santa Teresa de Lisieux y santa Hildegarda de Bingen.

TEMA DE LA SEMANA: TERESA LA GRANDE: ACERCAR EL CIELO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 6 de octubre de 2019 No.1264