Por David Ugalde MSP

Estamos viviendo tiempos muy difíciles: el dinero no alcanza, las oportunidades de trabajo escasean, y todo sube de precio… Pareciera que el dinero es lo único que necesitamos para estar bien, pero ¿Por qué cada vez es más constante la idea de que entre más tenemos, entre mejores marcas usemos seremos más felices?

Reflexionaremos en este número sobre algunos aspectos del sistema económico que rige nuestra sociedad, pero abordaremos una crítica desde la perspectiva cristiana y proponiendo líneas de reflexión que oriente nuestro pensar y actuar.

El mensaje del evangelio es un mensaje integral que busca la redención del hombre en su plenitud. “No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como una partícula de la naturaleza… Por su interioridad es superior al universo entero” (GS 14).

Desde finales del S. XVIII diferentes pensadores como Rousseasu, Locke y Hume, lideraron una gran revolución humana que ponía en el centro de la reflexión, la libertad del hombre como valor absoluto. Esto originó el llamado liberalismo que permitía al hombre todo lo que quisiera. Esta ideología al ponerse en práctica en el ámbito social, político y sobretodo económico, origino la Revolución Industrial. Que animó a los propietarios del Capital a actuar con entera libertad en aras de hacer crecer dicho capital a costa de lo que sea.

De modo que ya no era la persona y su libertad la que importaba por encima de todo, sino el dinero que en manos de unos pocos, se multiplicaba gracias a las ideas libertarias de esta teoría sociopolítica.

Lo que originó el Capitalismo, que es un sistema económico que tiene por eje primordial el Capital. Es decir el dinero y el lucro. Valorando el derecho a La propiedad privada, el bienestar de las personas y los bienes materiales, antes que la persona misma.  Al ser un sistema de libertad absoluta, limita a la Estado a ser una especie de árbitro que proteja las libertades individuales. Porque los dueños del Capital son los que ponen las reglas de la sociedad.

Reconociendo su lado positivo

Políticamente hablando, es un sistema que frena las tendencias totalitarias de algunos sistemas que esclavizan y roban identidad al hombre. Contribuye a la defensa de la autonomía de la persona frente a organizaciones que no le respetan como tal.

Abona económicamente en el progreso y eficacia: “Reconocemos el aliento que infunde la capacidad creadora de la libertad humana y que ha sido impulsor del progreso” (Documento de Puebla 542).

Por otro lado, es importante conocer los aspectos que hacen de este sistema, mal aplicado, un peligro para el hombre y su libertad.

Aspectos negativos

  1. El dinero es la cima de la escala de valores.

Coloca como valor supremo el dinero y por tanto el hombre está al servicio de él, vale, en tanto que produce y cuánto produce. Poniendo en segundo término todas las dimensiones necesarias para el desarrollo humano: familia, recreación, relaciones interpersonales, realización humana, etc.

Convirtiendo al hombre en un ser egoísta y en competencia voraz constante por la ganancia económica. Esto ha generado en las últimas décadas lo que el Papa Francisco llamó Cultura del descarte, donde el que no produce es un estorbo para la sociedad.

El consumismo y la mercadotecnia deshonesta crean malos hábitos de compra y un constante endeudamiento de aquellos menos favorecidos, haciendo un círculo vicioso que no termina.

  1. Los valores se desequilibran

Aunque el liberalismo y el capitalismo nacieron del deseo de libertad de los hombres, este valor quiso ser absolutizado y colocado por encima del hombre. De modo que el hombre se hace esclavo de su libertad si no cuenta con normas que moderen su actuar.

La propiedad privada es un valor que beneficia la superación y productividad de las personas, pero cuando no es regulado en virtud del bien integral, da paso a los monopolios que agudizan la desigualdad e imponen imperios contrarios a la auténtica libertad.

El lucro mal entendido genera una economía deshumanizada que busca a toda costa el dinero, sin importar los medios por los que se obtenga tal beneficio.

Cuando no se entiende que el dinero es un medio y no un fin para la realización humana, se corre el riesgo de concebir el trabajo  como un medio de esclavitud y no como una contribución al desarrollo personal y al bien de la sociedad: el empresario no debe ver en el trabajo del obrero un elemento oportuno solo  para enriquecerse, sino como un beneficio social que él tiene la obligación de dar. (Juan Pablo II, Centessimus Annus, 6).

Es por eso que los cristianos estamos llamados a tener una idea muy clara de la dignidad y trascendencia del hombre para que nuestras decisiones económicas, laborales y hasta políticas no pierdan de vista cuáles son las actitudes con las que debemos abordar las diversas situaciones sociales que vivimos.