Por Arturo Zárate Ruiz

Muchas tonterías se pueden cometer en nombre del “bien común”, desde masacrar a los judíos por pedirlo así una mayoría de los alemanes en tiempos de Hitler, o uniformar a miles de millones de chinos porque Mao creía que todo “buen chino” así debía lucir (igualito al vecino aun en la manera de parpadear), hasta inventar falsos “derechos humanos” como el de la eutanasia, el aborto, y los matrimonios y adopciones homosexuales.

Para evitar estos y otros errores conviene aclarar al menos dos sentidos de “bien común”.  Uno se refiere a los bienes que elige y comparte una comunidad y, por tanto, son comunes.  Otro se refiere a los bienes que debe procurar cada ser humano para ser bueno y, por tanto, son bienes comunes para la bondad de todo ser humano, bienes que tanto cada hombre como la comunidad entera deben procurar.

Entre los bienes que elige y comparte una comunidad están sus leyes, su gobierno, su cultura, sus instituciones, los servicios públicos, su patrimonio tangible (como monumentos y edificios públicos) e intangible (como su lenguaje y su memoria histórica).  Estos bienes son comunes porque son resultado de un esfuerzo, una vida y una elección colectivos.  Por lo regular, la elección depende de lo que decida una mayoría, y eso es válido siempre y cuando lo elegido por la mayoría no sea contrario a la dignidad de un grupo o la dignidad de toda la población.

En algunos países hay todavía leyes muy injustas contra la dignidad de un grupo, por ejemplo, la esclavitud de los negros en algunos países musulmanes (o, según el ejemplo ya citado, el genocidio de judíos por los nazis). Estas leyes no sólo afectan al grupo atacado sino envilecen a los que atacan.  Así puede decirse que en algunos países hay incluso leyes contrarias a la dignidad de toda la población como las que defienden el robo (dizque para repartir la riqueza entre los pobres y acaban empobreciendo a todos), las que permiten matrimonios múltiples y, entre otras, las que celebran las perversiones sexuales.  Estas leyes no pueden considerarse un “bien” sino un “mal común”.  Que las escoja una mayoría no las hace buenas.  Que una sociedad practique esas leyes sólo nos informa que dicha sociedad se ha degradado.

Es más, independientemente de las leyes, que un grupo convierta un vicio en costumbre es un mal colectivo, por ejemplo, quemar en gran número las muy contaminantes llantas en la Ciudad de México para marcar el fin de año, o el vender todos los bienes de la familia, y además endeudarse, para “no hacer el oso” ahora que les toca la “mayordomía” en las fiestas del patrono del pueblo (por “no hacer el oso”, ya endeudados, esos mayordomos acaban días después hasta vendiendo a sus hijas para tener algo que comer).

Por todo esto es importante revisar si los bienes comunes elegidos colectivamente son un “bien común” en el segundo sentido, es decir, un “bien para cada hombre” por el hecho de ser humano.

Esta revisión, sin embargo, es problemática dentro de la cultura relativista que vivimos.

Es cierto que en ocasiones lo que es bueno para ti no tiene que ser bueno para mí, y viceversa.  No tengo cintura de avispa y ni con corsé me ajustaría el cinto que vistes.  Es cierto, incluso, que hay un rango de cosas que cada persona puede escoger. De hecho, en la misma Iglesia hay, como dijo san Pablo, muchos carismas, muchas vocaciones.  No son lo mismo los dominicos, que los franciscanos, que los jesuitas, que los del Opus Dei.  (Chiste viejo: cuatro sacerdotes jugaban póker y se va la luz.  El dominico explica, muy tomista, la no existencia de la oscuridad.  El franciscano canta himnos a la Hermana Oscuridad.  El jesuita sospecha de un compló de la clase capitalista. En eso regresa la luz y el sacerdote del Opus Dei no está en la mesa del póker.  Finalmente aparece este sacerdote y le preguntan dónde estaba.  Responde: “Cambiando el fusible”).

Pero que haya ocasiones en que lo bueno para ti no lo sea para mí, que haya ocasiones en que puedo inclusive elegir, no significa que por mi poco gusto por las matemáticas pueda negarme a aprender las tablas de multiplicar en la escuela.

He allí que si nos sujetáramos a una visión de lleno relativista vendrá un “vivillo” y dirá que estudiar esas tablas no es para él, y otro “vivillo” proclamará que, como tiene corazón de condominio, lo suyo es gozar de un harem.  Así, otra dirá que abortará a su niño porque es un estorbo en su desarrollo profesional.  Uno más afirmará que, en su caso, la usura no es sino la legítima supervivencia del más apto.  Y otro justificará sus mentiras porque, después de todo, “no existe la verdad”.

Este relativismo se agranda cuando, para resolverlo, algunos líderes del pensamiento o líderes políticos creen que sus caprichos son lo que conviene a todos como “bien común”. Así Mao uniformó a los chinos. También líderes políticos de izquierda en México proclaman como “valentía” que guerrilleros hayan secuestrado y matado a personas inocentes para así alcanzar sus objetivos políticos. Y ahora el lobby gay en Inglaterra, con el apoyo de la BBC, impone a todos los niños ingleses un curso, en las escuelas, sobre las 100 formas de desarrollar su psico-sexualidad (no les bastaron lo gay, lo bisexual y lo transexual).  Esto no es “bien” sino un “mal común”.  Un grupillo poderoso convierte sus perversiones en regla para toda una población, aunque ésta sea sensata y sana.  Se impone la dictadura del relativismo, de la que habló el papa Benedicto XVI.

Lo que no quiere decir que no haya un bien común para cada hombre, como el abrazar la verdad, el proteger el matrimonio de un hombre y una mujer, el vivir las virtudes de la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza.

Pero para ello hay que desarrollar una correcta antropología filosófica y con ella conocer qué es el hombre, y con base en este conocimiento discernir qué le conviene.  Y esa antropología filosófica correcta difícilmente surgirá apegándose a dudosas modas intelectuales o políticas.  Debe surgir recuperando la sana filosofía, especialmente la tomista, y debe recuperarse a la luz de la fe, pues esa luz no es contraria a la razón.  Es una luz con la que finalmente podemos caer en cuenta de lo que verdaderamente son las cosas.   Por ejemplo, el modelo de hombre es Cristo mismo.