Si quieres que las actividades del día sucedan espontáneamente o de repente sientes que no tienes la atención necesaria o comienzas a ver una vida sin esperanza e imploras ayuda espiritual, es posible que estés en la cultura de la desesperación, en donde la visión de los logros, metas y planes se transforma en una imagen de desasosiego, y en muchas ocasiones de devastación.

Por Mary Velázquez Dorantes

El ritmo de la vida, el deseo de los bienes materiales, la obsesión por la aceptación social, la envidia y la avaricia son parte de la cultura de la desesperación. El ser humano se encuentra disperso, no conecta emocionalmente, no tiene fe, no encuentra la esencia de la vida y se convierte en un producto de la sobrevivencia.

En algunos casos, el sufrimiento es inagotable, las causas parecen ser conscientemente exteriores; sin embargo, existe un profundo trastorno de la vida interior, el ruido de afuera ha cegado de una manera psicótica al ser humano, la perspectiva de vida ha cambiado lo suficiente como para tener una cultura de muerte, de peligros, de cansancio, de torbellinos emocionales, una cultura de desesperación.

¿MÁS SOLOS QUE NUNCA?

Nos han sabido vender muy bien la soledad. Nos prometen una vida de plenitud solo si se obtienen objetos, marcas, posiciones, roles, abriendo entonces el paso a la vacuidad, a la exuberancia y, por ende, la depresión. Creemos estar solos, creemos no importarle a nadie, creemos en la miseria humana y también hemos aprendido a enfermar el espíritu. Esto es producto de la falta de reflexión, de una vida superflua, sin esfuerzo ni responsabilidad. La soledad se de- sata como una inquietante forma de ser en el mundo.

Algunos filósofos le han llamado enfermedad de muerte, dado que lo primero que se produce es un estado de desesperación para quien no ha construido una vida espiritual sustentada por la fe y fortalecida por la esperanza. Por ello, la soledad es una desesperación real, donde el hombre no toma conciencia, se desespera progresivamente, de tal forma que pone en peligro su existencia. Algunos buscan causas, otros las ignoran, algunos prefieren ocultarlas; es una especie de medición del sufrimiento, mientras que el rostro habla de esa situación, con la mirada triste, el cuello tenso, la falta de equilibrio, la ausencia de sueño, una soledad verdadera.

UNA ENFERMEDAD DESESPERANTE

Se niega la necesidad de una vida llena de espíritu; por lo tanto, el ser humano se estanca, está concentrado en la vida exterior, mientras que la vida interior la descuida y, por múltiples razones, se enferma. Mientras el tren de la vida avanza rápidamente, existe menos tiempo para el silencio, la contemplación, la meditación y la oración, cuatro elementos que sostienen una vida espiritual.

En la cultura de la desesperación surge la sensación del agotamiento; de las formas más grotescas de observar la vida, aparece el sufrimiento como una niebla que no deja ver el camino de la paz. Se experimenta el vértigo de la fatalidad, se universaliza la desesperación como un momento en el tiempo, el contexto y las circunstancias, mientras tanto el espíritu se cansa, envejece y se enferma. Pareciera ser una situación que padecen cientos de hombres. De un momento a otro están desesperados, la vida pasada es una carga tremenda, el malestar de manifiesta con insistencias de logros frustrados, una serie de pensamientos negativos, síntomas de esfuerzos constantes por ser felices, y aislamiento interior.

EL YO AL CENTRO

Nada más evidente de la cultura de la desesperación que una vida centrada en el Yo, una vida que parece no necesitar de Dios ni de la humanidad. El Yo como el centro de todo lo que sucede. Provocando un desequilibrio, surge una mayor presencia virtual, menos real, el esquivamiento de la profundidad de nuestro ser, un individualismo que pareciera ser colectivo pero cuyas necesidades son específicamente para el bienestar único de la persona, una lucha agotadora entre la masculinidad y la feminidad; relaciones fugaces, prioridad al dinero, conflictos y desacuerdos, una vida social con razones individuales. La falta de interés por el otro, la distancia afectiva, los nuevos fracasos modernos, la insuficiencia de las cosas, la tiranía de las relaciones, y la injustificada cotidianidad.

Esta cultura de la desesperación se está desarrollando a medida que el hombre moderno se ciega a las virtudes. Hay una negación de eso llamado paz, hay un destierro del equilibrio y hay el abrazo del hombre depresivo, aquel que vive en un mundo artificial cuyo eje es una agonía progresiva.

Prevención

Para salir del bache son necesarios cuatro elementos para una vida más espiritual:

  • » Silencio
  • » Contemplación
  • » Meditación
  • » Oración

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de octubre de 2019 No.1267