Por Hno. José Ernesto Hernández Rodríguez. Msp

La oficina parroquial es uno de los lugares más visitados por los fieles. Solicitar una Misa para XV años, boda, difunto, etc… son uno de los motivos más recurrentes.

La pregunta es: ¿Cuánto cuesta una Misa? La respuesta puede generar muchas y muy variadas reacciones, algunas de estas muy negativas. Hay quienes ya no regresan a la Iglesia porque no tienen dinero para «pagar la Misa» o molestos porque «les cobran». De ahí que surja la necesidad de explicar brevemente esta situación, pues no se puede vivir y amar lo que no se conoce. Ante esto, ¿por qué dar dinero al momento de solicitar una Misa? ¿En verdad se está pagando? Veamos.

Al ser bautizados somos constituidos hijos de Dios, parte de su pueblo que es la Iglesia y junto con esto adquirimos derechos y obligaciones. Es decir, nos hacemos parte de la Iglesia y de todas sus realidades. Una de las obligaciones que se adquieren son los mandamientos de la Iglesia, que no solo tienen carácter obligatorio, sino que «tienen el fin de garantizar a los fieles el mínimo indispensable espíritu de oración y el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo” (cf CEC 2041).

El quinto de estos mandamientos es ayudar en las necesidades de la Iglesia; necesidades materiales y de cualquier tipo, no solo al momento de solicitar una Misa, sino en cualesquiera que sean las necesidades de ella.

De igual forma, el Código de Derecho Canónico señala que: «Todo sacerdote que celebra o concelebra una Misa puede recibir estipendio para que lo aplique por una determinada intención. Se recomienda (…) que celebren la Misa (…) sobre todo de los necesitados, aunque no reciban ningún estipendio» (Cf CIC 945). Además, el obispo de cada Diócesis o la Conferencia Episcopal, es decir, la reunión de obispos de un país o región, establece por Decreto el estipendio que debe ofrecerse por las Misas (cf CIC 952). En la palabra de Dios también hay textos que reportan ya la colecta económica dentro de las comunidades cristianas: 2Co 8,1- 15; 1Co 16,1-4; 2Co 9, 7.

Entonces, al dinero que se le pide, o que él mismo ofrece, a quien solicita una celebración eucarística por alguna intención personal, se le llama estipendio, del latín stipendium que, en sentido estricto, es el pago que se le otorga a un individuo por una tarea que haya realizado o por un servicio que haya prestado. Pero en la Iglesia significa mucho más que solo dar dinero o pagar un servicio. Ahora bien, ¿cómo deben entender los fieles este tipo de contribuciones que se dan a la Iglesia?

Deben estar conscientes de que no están «pagando la Misa», eso nadie lo podría hacer, pues no tiene valor monetario. Están llevando a cabo una de sus obligaciones como católicos, y contribuyen al bien de la Iglesia, y con esta ofrenda participan de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades» (cf CIC 946); dando algo de sí se asocian más íntimamente a Cristo en su entrega al Padre.

Deben saberse impulsados por su sentido religioso y eclesial, para unirse mediante una más activa participación en la celebración eucarística (Pablo VI, Motu proprio Firma in Traditione).

El estipendio o cualquier forma de ayuda a la Iglesia, sea económica o en especie, es tan necesaria como legítima, para ella como para los fieles. Y ayuda a sostener obras que la Iglesia tiene en el mundo. Hay que hacer poco caso a algunos programas contrarios a la religión que dicen que todo el dinero se va para hacer rico al Vaticano o al Papa.

Como podemos ver, no se trata solo de dar o no dar dinero, sino de la intención a que esto conlleva y el fin del dinero que se recauda. En definitiva, la Misa o cualquier otro sacramento no se puede pagar pues no son mercancía. Es cierto que hay ocasiones en que algunos sacerdotes cometen abusos, que se deben corregir; más no por esto se debe generalizar estas actitudes para toda Iglesia. De hecho se puede celebrar la Misa, sin que haya necesariamente estipendio, en favor de los más necesitados.

Hace falta puntualizar que todos aquellos que soliciten una Misa deben hacerlo con todo el compromiso cristiano que implica. Deben asistir a ella, ser puntuales al momento en que el sacerdote la vaya a celebrar, estar en condiciones de asistir consciente y activamente en ella participando de la Comunión sacramental.

Esto sí implicaría para muchos una verdadera ofrenda y un verdadero sacrificio, pues hay quienes solicitan la Misa, ofrecen su estipendio o alguna otra ofrenda y por eso se creen con el derecho de ya no asistir o de llegar corriendo a media Misa. En conclusión, solicitar una Misa implica mucho más que dar dinero; se trata de agradecer a Dios adorándolo, fortalecer la vida de fe a través de los sacramentos y encaminarnos hacia la santidad en el día a día que nos toque vivir.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 20 de octubre de 2019 No.1267