Por P. Fernando Pascual

Nos parece que la santidad es difícil, lejana, algo reservado para una élite de personas voluntariosas y extraordinarias.

En realidad, la santidad está a la puerta de cada corazón, porque es un regalo que Dios ofrece a todos.

Esa es una de las ideas que brilla en la exhortación apostólica “Gaudete et exsultate” del Papa Francisco.

Sobre todo, es algo enseñado por Jesús en el mismo Evangelio, al acoger a los pecadores, y al morir y resucitar por nuestra salvación.

Desde luego, responder al amor misericordioso de Cristo implica humildad para reconocer los propios pecados y sencillez para dejarnos curar por Su Amor.

Entonces se produce un milagro que Dios quiere otorgar a todos, porque a todos nos ama como Padre y como Salvador.

A nadie se le cierra las puertas del perdón. Cada uno puede escuchar, en los mil avatares de la vida, la voz de Cristo que llama y que espera.

“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Si le abrimos, si le dejamos entrar, empieza el milagro de los grandes cambios, de las conversiones auténticas, de la santidad posible para todos.

San Pedro y San Pablo, San María Magdalena y el Buen Ladrón, San Agustín y San Ignacio, y una larga lista de nombres, de tantos momentos de la historia, muestran cómo no hay barreras para el triunfo de la Sangre de Cristo.

En nuestros días también hay conversiones y hay santos, entre jóvenes o adultos, entre adinerados o entre pobres, sin fronteras ni distinciones raciales.

“En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos (…) mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,6‑8).

La santidad está al alcance de todos, porque Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,4). Todos, lo cual incluye, en este día concreto, también mi nombre y apellido…