Por Sergio Ibarra

Las bases del matrimonio católico incluyen el valor de la fidelidad. De acuerdo con el diccionario, significa: Firmeza y constancia en los afectos, ideas y obligaciones, y en el cumplimiento de los compromisos establecidos. En una sociedad interconectada como nunca, como la que nos ha tocado vivir, la multiplicación de relaciones entre las personas ha crecido de manera inconmensurable y con ello la lucha por alcanzar el reconocimiento de la dignidad, que quiere decir, ser evaluado por su valor real.

Esta lucha por el reconocimiento ha pasado del ámbito militar al económico en las sociedad de los últimos 60 o 70 años. El trabajo y el dinero se han convertido en fuentes de identidad; el tenerlos genera dignidad en consecuencia. Todo ello en un contexto en donde las comunicaciones, impulsadas por la tecnología, deberían de haber traído la desaparición del fraude, de personas parásitas y que la gente se uniese a partir de ello; de estar bien informados en la lucha por el bien común.

La cuestión es que enfrentamos la paradoja de contar con más información que las generaciones que nos antecedieron: datos, indicadores, reportes, noticias, arte y libros hoy viajan por la nube de la información sobre lo actual y lo del pasado; y sin embargo, estamos mas desinformados. Se exigen exámenes de control de confianza en los cuerpos policiales, solo como una muestra de que la palabra ha dejado de valer.

Esa palabra que empeñamos el día de nuestra boda, con la cual empeñamos el resto de nuestra vida a esa pareja elegida en libertad. Esa palabra que compromete a la amistad ante los errores y los tiempos. La misma con la cual nos contratamos y alguien nos contrata.

¿Cuál es la realidad? El hombre ha perdido de manera masiva la creencia en el otro, la confianza en su palabra, porque la fidelidad se nos ha escapado de la convivencia, incluida la familiar. Hoy, si no es através de un contrato, no vendemos ni una vieja bicicleta. Desconfiamos hasta del valet parking que estaciona el auto.

¿Qué pasaría si empezaramos por empeñar nuestra palabra y honrarla? Quizás esta sociedad tan desinformada, sólo quizás, podría recuperar algo de la confianza perdida.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de noviembre de 2019 No.1272