Por Josefa Romo Garlito

Me gusta mirar el rostro de paz que presentan los bebés: suelo sentir gozo. También me gusta mirar el rostro emocionado y alegre de sus madres. En la maternidad encontramos razones fuertes para vivir y para luchar.

Recientemente, esta mala noticia: en 2018, la cifra oficial de abortos, según el Ministerio de Sanidad, fue de 95.917, superior a la del año anterior. Los contaron “los Centros notificadores de I.V.E.”.

Hablar de I.V.E. (“Interrupción voluntaria del embarazo”) no tiene sentido: nada se interrumpe: no se deja nacer al niño, se le asesina y punto. El aborto es dar al pequeñín una muerte cruel, violenta. La madre no podrá llevar al hijo sobre sus brazos ni retirarlo de su conciencia.

Cuando una mujer aborta voluntariamente, incrementa el problema que la impulsó a ello: le vienen los lamentos por la pérdida del niño, el desconsuelo por la falta de duelo y el sentirse mala madre, y puede nacer un resentimiento contra los familiares que la obligaron a esa acción infame.

En Torrent (Valencia), han dedicado un espacio del cementerio para los pequeños niños abortados, sea voluntariamente o no. Un ángel corona el panteón. La iniciativa pretende «reconocer la dignidad de la persona humana desde el momento de la fecundación, ya que, desde entonces, hay un nuevo ser humano en el vientre materno».