Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Los cristianos solemos saludarnos deseándonos bienestar y salud y así manifestamos nuestros buenos deseos de convivir fraternalmente entre nosotros.

Nos deseamos también gracias y bendiciones de parte de Dios: ¡Que Dios te bendiga!, decimos. Y lo hacemos con espontaneidad, nos sale del corazón.

Esto lo aprendimos de ese encuentro y diálogo que sostuvo nuestra Madre santísima, la Virgen María, con el enviado de Dios, al arcángel san Gabriel. Los cristianos solemos recordar este maravilloso encuentro con la recitación del ángelus o saludo angélico, que nos puede ayudar en estos momentos difíciles y que la Iglesia nos ofrece en su liturgia durante este tiempo de adviento. María santísima es, además de madre cariñosa, maestra insuperable: «Ante estas palabras, Ella se turbó mucho», dice el Evangelio. María no es mujer superficial, sino maestra en saber escuchar y luego en asumir con responsabilidad su vocación. Su lugar preponderante en la obra de la salvación humana.

Pero María no se mantiene al nivel de los primeros impulsos, de la primera impresión. Se pone a reflexionar y, ante un saludo como éste: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo», se pregunta qué significa, qué quiere decir. Sin duda Ella pensaba estar con Dios, pero que Dios estuviera con Ella, era cosa distinta, incomprensible. Y lo fue. Dios estará con Ella, como estuvo siempre con Ella desde el seno materno, pero también estará con nosotros al convertirse en Madre del Emmanuel. Y así, «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Entonces, el ángel se ve obligado a darle la plena explicación: «No temas, María, porque estás llena de gracia, has encontrado gracia ante Dios. El Señor está contigo y serás la Madre del Salvador», del Mesías prometido a tus antepasados, al pueblo de Israel.

Al sentirse María objeto de una promesa tan grande y de su subsiguiente compromiso, insiste en preguntar, y hasta en objetar: «¿Cómo sucederá esto si no conozco varón?». María está prometida, pero no casada con José. Está ante una dificultad humanamente insuperable. Dios, cuando quiere cosas grandes, lleva a su creatura a situaciones límites. Todas las situaciones que llamamos límites, son humanas, y Dios siempre tiene una solución. Dios tiene siempre una puerta abierta y ésta es la esperanza cristiana. María nos enseña a «desatar los nudos» que nosotros nos hacemos con nuestras débiles miras.

El ángel accede a darle la respuesta divina, a abrir las puertas no sólo de la insuficiencia humana, sino del secreto de Dios. María así entra en pleno en el misterio de Dios: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, lo que nacerá de ti será santo y será llamado Hijo de Dios». María se rinde humilde y obediente ante la voluntad de Dios: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra».

María santísima llena todo el panorama religioso del Adviento. Nadie como Ella puede saber y comunicarnos con qué disposición interior y exterior debemos prepararnos para acoger al Salvador. Nos enseña a escuchar la palabra de Dios y a ponerle atención; a inquirir y preguntar, reflexionar y pensar sobre la grandeza del misterio que celebramos; cómo debemos acoger en nuestro corazón, en nuestra familia y sociedad al Emmanuel. La alegría de la Navidad no es sólo un bonito deseo, sino la acogida de una persona, del Salvador.

Saludos y bendiciones.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de diciembre de 2019 No.1274