En octubre de este año una pareja estadounidense decidió suicidarse. Él tenía 77 años, ella 75. Gozaban de relativa buena salud para su edad. Apenas un problema de audición, uno de rodilla. Nada amenazador. Sin embargo, tomados de la mano, tras haber ingerido un buen número de pastillas somníferas, se acurrucaron en su sofá predilecto, mirando al mar y esperaron que llegara la muerte.

¿Romántico? Gran cantidad de medios lo vieron así. Pero, en realidad, es una tragedia. Había hijos, nietos, llevaban más de cincuenta años casados. Tenían una buena posición económica. ¿Por qué decidieron quitarse la vida? Dejaron una carta en la que explicaban sus motivos: ella veía «el demonio agazapado de la demencia venir»; él no quería ser una carga, etcétera.

Lo que se desprende del suicidio de la pareja es un rechazo total a Dios. El hombre solo, el que no tiene a Dios en su corazón, es su propia medida. Para él, la vida tiene sentido si hay fuerza, juventud, salud extrema, lucidez pura y capacidades sexuales. Si no, para este ser humano que ha sacado la religión de su horizonte vital, no hay nada. Y la visión de la nada genera una profunda, aterradora, impactante tristeza: mejor morir pronto.

El mundo se desliza vertiginosamente en esa dirección. Ya no hay sentido salvífico del sufrimiento, del dolor. La mentira de la «muerte dulce» atenaza la vejez. ¿El antídoto? Santa Teresa lo decía con certeza: «Solo Dios basta»

Publicado en la edición impresa de El Observador del 29 de diciembre de 2019 No.1277