Con el insecticida logramos eliminar a la fila de hormigas, pero si no buscamos el origen de esta mini invasión, pronto volverá a aparecer en el mismo lugar o en otro. Lo mismo creo que ocurre con las quejas: si no descubrimos por qué tenemos la propensión a buscar lo negativo, esta manera de hablar se hará natural. Resultaremos, en primer lugar, incómodos para los demás, y en segundo lugar, sin darnos cuenta, estaremos retrocediendo en la vida interior.

Descubrir el origen

Creo que es importante hacer esto, porque dependiendo del porqué somos tan quejumbrosos, podremos aplicar una u otra medicina. Si el problema es ascético o espiritual, podemos ejercitarnos en la oración, para tener una relación más íntima con Dios que nos muestre que podemos confiar en Él. Que vale la pena esperar en Él, que sabe lo que hace (te recomiendo el curso «Crecer en la vida de oración»).

Pero el origen puede ser humano, simplemente porque adquirimos el mal hábito de hablar quejándonos, quizás sin mala intención.

Sin embargo, puede haber un tercer motivo: el psicológico. Cuando todo lo vemos negro (o gris oscuro), puede deberse a que estemos atravesando algún episodio de ansiedad, depresión u otros. En ese caso, si bien podemos poner también los medios para esforzarnos por encontrar un poco de luz, también es necesario acudir a un terapeuta o al personal formado para darnos una mano.

 La excusa de la naturalidad

Hay que admitirlo: ¡también da un poco de gusto quejarse! ¿O no? ¿Nunca te reuniste con un grupo de amigos y comenzó el rosario de «plagueos», un momento donde las quejas no son molestas, sino que uno disfruta y se goza en encontrar motivos por los que quejarse? ¿O incluso llegar a inventarlos?

Creo que en algunos momentos, con algunas personas, se toman las quejas como necesarias para entablar conversaciones, para descargarse, etc.

Pero, debemos recordar que, como cristianos, podemos ser del mundo pero sin ser mundanos. Podemos actuar con naturalidad, pero lo natural no tiene por qué estar viciado. Como cristianos coherentes, el fin está en hacer santas todas las cosas, poner a Cristo en todas las realidades cotidianas.

 Hay un motivo apostólico

Fuera del ámbito de la catarsis que podemos hacer con algún amigo, como la que comenté en el punto anterior, hay otro lado de la moneda, totalmente opuesto: no hay nada más molesto que escuchar únicamente quejas y más quejas.

Como cristianos debemos luchar por hacernos santos. Y es nuestro deber de cristianos buscar la santidad haciendo mucho apostolado. Cuando nos demos cuenta de que hemos estado un poco quejumbrosos, podemos (como siempre podemos hacer en las luchas interiores), reírnos un poco de nosotros mismos, de nuestra debilidad, y agradecer a Dios por estar llenos de miserias. Ya que eso significa que Él tendrá que ayudarnos aún más, Él tendrá que volcarse más en sus hijos más pequeños y necesitados, y estos podrán agradecerle por poder tenerle tan cerca.

Se sugiere utilizar lo más pequeño e insignificante, lo que ni siquiera molesta, para empezar a crecer en la virtud de la paciencia, el abandono, la amorosa resignación con la Providencia.

Con información de María Belén Andrada/CatholicLink