Por Miguel Aranguren

Cuando voy de compras siento un pequeño desahogo. Debe ser que, al observar escaparates, se me inocula en la sangre el dulce veneno de la codicia, un querer poseer esto, aquello y lo de más allá, lo necesite o no, lo que hace que este entretenido ejercicio de comprar tenga más de terapia que de afición.

Quisiera saber qué recompensas psicológicas nos regala entrar y salir de los comercios, toquetear el muestrario, consultar los precios, compararlos, dudar, decidirse: sí… no, mejor no… vamos, sí, no pierdas la oportunidad… El jugo deletéreo continúa su tránsito por mi cuerpo cuando oigo cantar al lector electrónico en el momento que la dependienta lo pasa sobre el código de barras y cuando la misma persona teclea con misteriosa rapidez, antes de formularme la consabida pregunta «¿con tarjeta o en efectivo?».

El veneno prosigue su camino mientras abro la cartera para comprobar si llevo cash y, dado mi descuido, tengo que escoger dinero de plástico, que al pasar a otras manos parece dolerme menos.

La pequeña codicia sube a mi corazón, nubla mi cabeza al arrancar el proceso de la TPV, que también tiene su campanita para que el arañazo en la cuenta corriente nos caiga con un son alegre. Pulso la contraseña de la Visa mientras el dependiente mira para otro lado con afectada discreción, cierro la cartera una vez devuelvo la tarjeta a su estrechísima ranura y escucho «¿se lo pongo para regalo?», y me azaro al reconocer que el objeto recién adquirido tiene en mí su único destinatario.

Cuando vamos de compras repetimos el intercambio alumbrado en la noche de los tiempos, que consiste en un trueque de billetes y monedas a cambio de un bien. Cuando las compras no tienen otro objeto que la propia satisfacción, más allá de las necesidades básicas, nos distraen con el nombrado elixir de la codicia, tener y tener, más y más, aunque lo agenciado apenas nos aporte beneficio, aunque al llegar a nuestras manos pierda buena parte del atractivo que nos prometía en la tienda.

¿Quién duda que comprar por comprar es una característica propia de la vida en Occidente? ¿En Occidente?… No existe sociedad que se libre de esta celada. Hasta los pueblos técnicamente más atrasados, aquellos que encallan en la corriente del siglo XXI con la inocencia de quien no se ha enterado de que hace mucho, pero mucho tiempo, que el hombre pasó de considerarse un ser de necesidades básicas a convertirse en un ser que destina buena parte de su tiempo a tirar a la basura aquello que ni siquiera ha utilizado, sin desistir en el empeño de acumular cosas y más cosas. Porque también esas gentes a las que la miseria obliga a conformarse con poco, se pierden cuando descubren la sugestión de la codicia. Un bolígrafo, un reloj de muñeca, unas gafas de sol… pueden avivar en ellos el mismo deseo irresistible que nos subyuga. Y que, como a nosotros, después de conquistados (a cambio de dinero, de canje y hasta de violencia), pueden provocar un hambre desatada de sumar nuevos bolígrafos, relojes o gafas de sol.

La historia de la humanidad se escribe mediante grandezas y miserias. Entre las primeras, cualquier acto de servicio en beneficio de los demás. Pero no nos fijemos solamente en la caridad de los santos, ya que el servicio engloba desde el descubrimiento de un atolón, al cuidado de un enfermo; desde la conquista de la democracia, a la renuncia del sueño por consolar a un bebé que llora de madrugada. Entre las segundas, las redactadas con el ansia de poseer, de acumular más allá de lo necesario, ya sean naciones o pajaritos de cristal. Claro que el ansia de poseer no siempre es negativa, como no lo es -en principio- ir de compras.

A nadie le amarga un dulce, y dicho dulce puede ser beneficioso si lo saboreamos desde el señorío de quien lo disfruta tanto como disfrutaría la renuncia a comérselo, si se diera el caso. A fin de cuentas no somos ascetas, como esos extraños penitentes que conocí en la India, hombres huesudos que no se cortan el pelo ni la barba, y que se marchan a lo profundo de los bosques para vivir desnudos, sin techo, alimento ni posesiones, en un asombroso ejercicio de desprendimiento sin sentido, que suele conducirles a una muerte temprana.

Tengo comprobado que cuando voy de compras siento un pequeño desahogo. Y que contemplar escaparates y darle vida a la tarjeta de crédito me satisface, sobre todo cuando soy consciente de que podría decirme que no, que mejor otro día o que no necesito aquello que ha estimulado mi codicia (mi sana codicia).

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