Por Mónica Muñoz

No sé si es la mercadotecnia de la que estamos rodeados o que nuestro cerebro está programado para cambiar su percepción en cuanto llega diciembre, lo cierto es que estamos en la época en la que todos nos sentimos inspirados para portarnos mejor, hacer obras buenas, ser pacientes, tolerantes y amables con los demás, lo que en otro tiempo no nos sería posible realizar.

Las calles y casas se han iluminado desde principios del mes de diciembre con luces de colores, aparecen los adornos que evocan la nieve, signo inequívoco del invierno, los árboles se cubren de esferas, la música se mezcla con villancicos antiguos y tonos modernos que anuncian indefectiblemente la fiesta de la Navidad.

Hasta creo que hay una especie de “magia” en el ambiente que transforma los corazones más empedernidos, por decirlo de una manera sencilla de entender, pero la época navideña atrae sentimientos de solidaridad y cierta paz, que nos envuelve y motiva a ver a los otros como nuestros hermanos, aquellos que necesitan de nuestra comprensión porque no saben comportarse y requieren de la más profunda empatía de la que somos capaces.

Por eso, me pregunto: ¿de verdad, sería tan difícil cambiar nuestras actitudes para que todo el año fuese una Navidad prolongada, que lograra el milagro de hacernos sentir unidos por la caridad hacia el prójimo? Y, tristemente, me respondo que eso no es posible por muchas razones: primero, la sensación de abundancia y bienestar que nos invade, que se debe en buena parte a que mucha gente recibe su aguinaldo, un dinerito extra tanto tiempo esperado y que trae alegría por poder utilizarlo en objetos que en otros meses sería impensable gastar.

Luego, se despiertan emociones que nos transportan a épocas pasadas, las que, para muchos, fueron felices. Después, comienza a prepararse el entorno con las posadas: hay piñatas, cantos, en algunas partes, aún se reza el rosario y se entonan la coplas para solicitar un albergue para los Santos Peregrinos José y María.

Y a la par, se representan las escenas de cada año: las familias reunidas, la madre enfocada en confeccionar la cena, los aromas que se mezclan en las cocinas donde se elaboran romeritos, bacalao, tamales y ponche, el ir y venir para las compras, la expectación a flor de piel por la fiesta, estrenar ropa, recibir obsequios, ver a los parientes que vienen de lejos, ¡por supuesto que es especial!

Pero, lo más importante y que se está dejando de lado por el exceso de consumismo, es el motivo del festejo, porque, escuchen bien, no se trata de una fiesta cualquiera, ¿o es que acaso olvidamos que se trata de un cumpleaños? Si es así, refresco sus memorias: el 25 de diciembre festejaremos el aniversario 2019 de Jesús, que nació de la Virgen María para vivir con su Familia sagrada durante 30 años y luego predicar el reino de Dios, el perdón de los pecados y la salvación del mundo durante tres años más, y, finalmente, morir en la cruz, en un acto de suprema obediencia al Padre, para redimir a todos los seres humanos de todos los tiempos. Y esta inmensa obra de amor, se coronó con su gloriosa Resurrección, que conmemoraremos dentro de unos meses.

Después de este repaso, creo que queda claro el motivo de la fiesta que estamos celebrando: el Nacimiento del Hijo de Dios, la Natividad o la Navidad, como gusten llamarle, no se trata de unas “felices fiestas” cualquiera sino de la más importante para el mundo, porque si Cristo no hubiese nacido, no habría salvación.

Por eso es bueno que reflexionemos que, aunque este tiempo nos llena de entusiasmo, deberíamos prolongarlo a los 364 días restantes, porque ya fuimos rescatados de la muerte eterna, sin embargo, aunque la salvación es gratuita, no se nos da si no la aceptamos y vivimos como Dios quiere, es decir, la salvación es para quien quiera recibirla porque, como expuso San Agustín: “Dios que te creó sin ti, no puede salvarte sin ti”. No pretendo abrir un debate teológico, solamente deseo destacar que lo que Dios ha hecho para rescatar al género humano, no tiene comparación con nada que nuestra imaginación pudiese gestar, sin embargo, respeta nuestra libertad, pero quien lo acepta, sabe que tiene un compromiso: no sólo abstenerse del mal sino hacer el bien.

La terrible situación que atraviesa nuestro país podría cambiar si todos fuéramos conscientes de que se nos pedirán cuentas acerca de lo que hicimos por nuestro prójimo, porque nos hemos deshumanizado al grado de amar más a un animal que a una persona, sobre todo con las atrocidades que se cometen a diario y que pareciera que no tienen fin ni remedio. Por eso hagamos lo que está de nuestra parte para contribuir en nuestro ambiente y no nos dejemos vencer por la desesperanza. Pasemos estas fechas con nuestra familia y seres queridos en paz, porque “Hoy nos ha nacido un Salvador” (Lucas, 2-11).