Por Jorge Luis Morales Coutiño*

Ha llegado a mis manos el libro Salvando miles de almas, del Padre Brett A. Brannen, sobre el discernimiento vocacional. He podido leer algunos de sus capítulos, pero llamó mi atención uno, dedicado a las consecuencias de no seguir la propia vocación. El autor presenta 4 consecuencias entre las que se encuentran: nuestra propia felicidad y satisfacción, nuestra utilidad en las manos de Dios, la tristeza del espíritu y los efectos en la vida y la fe de los demás. En resumen, el autor sostiene lo siguiente:

Dios nos creó para ser felices y nos hizo para una vocación específica en la que vamos a lograr la mayor felicidad y plenitud. Si un hombre dice no a su vocación, ¿no te parece lógico que esto afecte su felicidad y satisfacción?

(BRANNEN, 2011, pág. 69)

Sin embargo, esta pequeña premisa ha sido motivo de conflicto interior, llevándome a reflexionar sobre este punto. Les dejo aquí algunas pistas para entender qué pasa cuando no seguimos la vocación a la que Dios nos llama.

Un Dios que se manifiesta en la relación

A Dios no se le puede conocer en plenitud, al menos no en esta vida, pues no alcanzaría nuestro entendimiento para abarcar tan grande misterio. Sin embargo, a lo largo de la historia, Él mismo se ha dado a conocer por medio de sus manifestaciones: reconocemos que Dios es creador por el libro del Génesis, sabemos que es liberador, por el libro del Éxodo, y sabemos que es salvador porque eso mismo significa el nombre de Jesús (cfr. Mt 1, 21). Sin embargo, ¿cómo podríamos resumir todas estas acciones de Dios para intentar dar un nombre lo más “completo” posible?

San Juan, en su primera carta, lo dice: “Quien no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8), y es por esto que podríamos utilizar esta característica divina (el amor) para intentar dar una pequeña definición de Dios. Solo a través del amor podemos aproximarnos a entender el ser de Dios, y la clave para entender esta característica divina es la relación. Todo cuanto Dios hace (crear, liberar, salvar) lo hace para poder entrar en relación con el hombre, a quien ama profundamente. El mismo pecado no es otra cosa que el atentar contra esta verdad esencial de relación, es una No-relación.

La vocación: invitación a una relación más perfecta

Pero, todo esto, ¿cómo entra en nuestro tema principal sobre el discernimiento vocacional? Sencillamente, bajo esta premisa, la vocación no puede ser entendida como una imposición divina a la que hay que obedecer sin ninguna pizca de duda, sino que se entiende como una invitación, hecha por el mismo autor del llamado, para vivir una relación cada vez más perfecta con él. Esta invitación no tiene un carácter servil, sino un carácter relacional: “No te llamo para obligarte a servirme, te llamo porque deseo que formes parte de este proyecto”. Como tal, el llamado vocacional y las consecuencias que derivan de él, sólo puede entenderse bajo la comprensión de este Dios-Amor.

Consecuencias de no seguir la propia vocación

San Agustín decía en sus Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Es precisamente esta inquietud a la que refiere el libro cuando menciona que la primer consecuencia de no seguir nuestra vocación es que nuestra alegría y plenitud no serán igual que si aceptamos íntegramente la invitación que Dios nos hace a ser parte de su proyecto.

La segunda consecuencia es la utilidad de nuestras vidas. La vocación no sólo es un instrumento de nuestra salvación, sino que se transforma en un medio para la salvación de otros, por lo que, el seguir la vocación “no pensada” para nosotros, hará que los frutos que veamos en ella no sean tantos como los que pudiéramos tener en aquella para la que fuimos creados. Dios no necesita de nosotros, pero nos quiere hacer parte Su proyecto a través de nuestra vocación.

Como tercera consecuencia podríamos pensar un poco en la tristeza del espíritu. Lo simplifico de la siguiente manera: imagina que has pasado tiempo en discernimiento de tu vocación y que encontraste algunos indicios de que el Señor te llamaba a servirlo en el matrimonio, pero por temor o capricho decidiste mejor vivir una vida religiosa misionera, pues te creías con la capacidad para ello. Esa espina, esa duda que permanecerá en tu corazón sobre “qué hubiera pasado si…” es la tristeza a la que el autor se refiere.

Finalmente presento la dimensión social de la vocación. No somos llamados únicamente para ser liberados y salvados, sino para liberar y salvar. En la vocación de Moisés (cfr. Ex 3, 4-10) esto se pone de manifiesto: Dios lo llama, pero le encomienda la liberación de su pueblo. Piensa en tu propio proceso: quizá mucho de nosotros aprendimos a rezar o alcanzamos una fe más madura gracias al testimonio de alguna persona (abuelo, padre, madre, profesor, tía, sacerdote); ¿qué hubiera pasado si esa persona no hubiera seguido la vocación a la que el Señor le llamaba?

Para concluir esta reflexión, te invito a no ver la vocación como una imposición que tenemos que seguir a como dé lugar para no condenarnos. Recuerda que ésta no deja de ser una invitación, una invitación para amar más profundamente. Toma un discernimiento serio con alguna persona capacitada para acompañarte en él, y una vez que creas tener indicios de la vocación a la que Dios te llama, ¡no temas! Recuerda que en el camino vocacional Él nunca nos deja solos, y si pedimos la ayuda de Nuestra Madre, la Virgen María, casi aseguramos una claridad increíble. Ten ánimo y avanza, como día San Junípero Serra: ¡Siempre adelante!

* Licenciado en Ciencias de la Familia por la Universidad Anáhuac y Seminarista de la Diócesis de Tapachula, Chiapas.