Hoy, por culpa de las ideologías ecologistas y de la New Age, está muy de moda creer erróneamente que el ser humano tiene el mismo valor que un árbol, un gato o una piedra. Dicen: «Podemos ser más altos, rápidos o inteligentes, pero no superiores a las demás criaturas»; «los humanos no son superiores a los otros animales; esa afirmación carece de sentido». Y se regodean: «el hombre no está en el centro del universo»; «el ser humano es un ser insignificante en medio del cosmos; ya debe bajarse de su pedestal».

No faltan los que toman no un tratado de teología ni un dogma de fe, sino un poema —por tanto, un recursos literario donde las palabras no pueden ser tomadas al pie de la letra sino en sentido figurado— para «demostrar» que en la mente de Dios todas las criaturas tienen el mismo valor. Se trata del Cántico de las criaturas, de Francisco de Asís, en el que el santo se toma la libertad literaria de llamar «hermano sol», «hermana luna», «hermanas estrellas», «hermano viento», etc. a una serie de criaturas inanimadas con el fin de hacer referencia a que todo tiene su origen en la voluntad creadora de Dios, y que todo fue hecho para Su gloria.

Ciertamente la grandeza del sol y demás astros no puede sino enseñar al hombre su insignificancia material en medio del inmenso cosmos, pero al mismo tiempo el amor inmenso y gratuito que Dios le tiene, tal como escribió el salmista:

«Cuando veo los cielos, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado, digo: ¿qué es el hombre para que Te acuerdes de él, el ser humano para que lo cuides? » (Salmo 8, 4-5).

Justo lo contrario de lo que suelen creer los ateos y los paganos, no es el ser humano el que depende del destino de la Tierra, del Sol y demás cuerpos celestes, sino que en realidad son los cuerpos celestes—y el universo entero en una palabra— los que dependen del destino del hombre.

Así lo revela la Palabra de Dios a través de san Pablo cuando se refiere a la gloria futura: «Toda la creación…quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Romanos 8, 19-21).

Así el hombre, la criatura que está por encima del cosmos, el único ser material creado a imagen y semejanza de Dios, y el único que por la aceptación de Cristo y la recepción del Bautismo —y no por otra cosa— es elevado a la categoría de hijo de Dios (cfr. Jn 1, 11-12), influye con todas sus acciones, tanto las buenas como las pecaminosas, en el funcionamiento del universo.

Dentro de su amplísima discografía, el sacerdote español Cesáreo Gabarain (1936-1991), autor de cantos como Una espiga dorada por el sol, Juntos como hermanos o Pescador de hombres, compuso un canto en el que le dice a Dios con hermoso tino:

«Fuiste creando cielos y universos, días y noche, belleza y resplandor, soles brillantes, grandes luminarias, luces y fuego, que encendió tu Amor.

«Yo soy la llama pequeña que tiembla; humilde y de arcilla tu lámpara soy. Sé que prefieres mi luz y mi barro; yo sé que me amas, Señor».

TEMA DE LA SEMANA: ¿Dónde estamos en el cosmos?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de febrero de 2020 No.1283