Por Arturo Zárate Ruiz

Sorprenden a veces algunas leyes o reglamentos.

Hay leyes tontas que tiran al niño junto con el agua sucia de la bañera; por ejemplo, la prohibición de los animales en los circos. Ciertamente me opongo al maltrato de animales, pero prohibirlos de todo en los circos logró sólo su abandono y exterminio.

Algunas leyes son tontas por la imposibilidad de cumplirlas. Está allí la obligación universal de facturar todo de manera electrónica. ¿Cómo lo harán los artesanos de pueblos remotos, que los hay, donde ni siquiera llega la electricidad?

Hay leyes que revelan no sólo la ignorancia del legislador, también la incompetencia y desidia del Estado en el cumplimiento de sus obligaciones. He ahí la prohibición de los refrescos en las escuelas, donde un 30% de ellas no tiene agua limpia y las únicas bebidas potables son las de las refresqueras, para no hablar de las cerveceras, empresas que sí se las ingenian para llevar sus productos a los lugares más remotos.

Algunas leyes parecen bonitas, pero cargan con semillitas de perversión; por ejemplo, la ley que prohíbe los matrimonios de menores de edad. Entre sus justificaciones estuvo el garantizar los derechos reproductivos de las menores. Detrás de esta justificación, si se mira bien, está la promoción del aborto.

Quienes bajo el supuesto de «sexo seguro» repartieron condones en las escuelas a diestra y siniestra para dizque prevenir la preñez de las adolescentes, ahora buscan resolver esa preñez con la «interrupción de los embarazos», en lugar de al menos corresponsabilizar no sólo a la madre sino también al padre y a los abuelos, tanto maternos como paternos, del cuidado de la criatura.

Hay reglamentos concebidos, si no para promover la corrupción, al menos sí para fastidiar. En mi ciudad se construyó una gran avenida con ocho carriles para dar fluidez al tráfico vehicular. Sin embargo, no se debe circular a más de 20 kilómetros por hora. Y es ahí, no en otra parte, donde los tránsitos con avidez vigilan.

Hay leyes cuyas consecuencias más terribles se han dado tras varias décadas. Las de Reforma en México pudieron ser excelentes si se hubieran restringido a establecer la plenitud de derechos civiles a los indios, lo que hubiera implicado que la Iglesia dejara de ser su tutora. Pero los reformistas no se contentaron con eliminar las tutorías, sino eliminaron también a los tutores (los religiosos) y confiscaron las propiedades que protegían. El pueblo de México se quedó así sin educadores, y los indios sin sus propiedades (que eran de ellos, no de la Iglesia que los amparaba). El resultado final fue la sangrienta Revolución Mexicana que buscó educación para el pueblo y restitución de las propiedades a los indios y campesinos.

Supongamos, con todo, que no hay leyes tontas, ni perversas, ni corruptoras en sí. De cualquier manera, hay demasiadas leyes en México, unas 3,000, y además los reglamentos y bandos de gobierno a nivel federal, estatal, municipal y de alcaldías; es más, los muchos procedimientos para dizque dar vigencia a cada una.

Con tanta ley y reglamento y con tantos procedimientos y agentes que vigilan esos procedimientos, si quieres poner un negocio en regla te la veras al menos una vez al año con los de Hacienda, los de Salubridad, los del Seguro Social, los de limpieza municipal, los de protección civil, los de tránsito local, los del sindicato de tus trabajadores, los de la guardería para los hijos de tus trabajadores, los de aguas y drenaje, los de la Comisión de Electricidad, los del predial, los del catastro, los de las afores, los de la secretaría de imagen urbana, y otros más.

Todos ellos, cada uno por su lado, te revisarán si cumples con la menor nimiedad, y si no lo haces, que es muy probable (la fachada de tu negocio es café pardo y no café marrón), te amenazarán con cerrar el negocio. Surge así una probable extorsión, un probable sucumbir al soborno y la corrupción para poder sobrevivir; o un retirarte a la informalidad, un mandar por un tubo todas las reglas, con la ventaja de no pagar el impuesto sobre la renta y otras cuotas no menores, pero con la desventaja de verte entonces más expuesto al cobro de piso del crimen organizado.

Quizá esto explique por qué muchas cosas no funcionan en México.

Aun así, son muchísimos los que se quejan no de esos legisladores tontos, sino del Legislador Sabio que sólo expidió Diez Mandamientos. «Son demasiados», dicen.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de febrero de 2020 No.1283