Por Tomás de Híjar Ornelas

Tengo todas las características de un ser humano: carne, sangre, piel, pelo. Pero ninguna emoción clara e identificable, excepto la avaricia y la aversión. Bret Easton Ellis

Al momento de escribir estas líneas, estamos a unas horas de que se haga pública la exhortación apostólica postsinodal del Papa Francisco en la que asume las propuestas hechas por los obispos que en el mes de octubre del 2019 tomaron parte en el Sínodo especial para la región Panamazónica, los medios de comunicación han enfatizado más un aspecto tangencial del documento: la respuesta que el Obispo de Roma dé a la sugerencia que se le hizo de admitir al sacramento del Orden a varones casados y abrir el diaconado a las mujeres.

No deja de ser curioso que se apele a un recurso que, sin ser pequeño, sí se aleja de la intención que el Santo Padre tuvo y ha dejado por demás clara a quienes han tenido oídos para escuchar sus enérgicas admoniciones, que en esa región se debate el destino de la humanidad en el futuro inmediato, o lo que es lo mismo, que no podemos más, especialmente los cristianos, mantener nuestra fe al margen del cuidado de la casa común.

En el mensaje de la LIII Jornada Mundial de la Paz, él mismo se dirige a los gestores públicos del bien común encareciéndoles lo que denomina «conversión ecológica», esto es, que la división artificiosa en la que el planeta tierra se ha dividido en fronteras geográficas y políticas no pasa de ser un medio y debe dejar de ser un fin para quienes especulan con la ganancia material.

No será menor, ciertamente, lo que el Pontífice nos ofrezca a propósito de los temas apenas señalados, pero lo que su magisterio supremo enfatiza seguirá siendo el drama desgarrador en el que estamos coludidos todos los que, no obstante las luces del Evangelio, ni somos sal de la Tierra ni luz del mundo.

No es posible, dice el Papa en el mensaje aludido, que se aspire a la paz sin antes ofrecer a la población desguarecida, solidaridad comunitaria y esperanza en el futuro; no es posible garantizar el respeto integral a la dignidad humana y el respeto a la libertad en sentido amplio si quienes gobiernan no son capaces de escuchar al que tienen ante sí, al pueblo, haciéndolo desde la memoria y la solidaridad en vistas a la fraternidad.

Él habla de cumplir la palabra y acatar la ley para que no se repitan los errores y los esquemas ilusorios del pasado, y se instaure el Estado de derecho teniendo como base una participación democrática diseñada tanto para subsanar las desigualdades sociales como la configuración de un sistema económico justo y sin fisuras, que nazca de la verdad y de la justicia.

Esto implica, según sus cuentas, el respeto ecológico y terminar con el maltrato a la naturaleza, que en nuestros días nos está colocando en el borde de un precipicio a todos, incluso a los que en paraísos artificiales se siguen atrincherando en la holgura que sólo obtienen momentáneamente pero a costa de todo lo demás: de la calidad de vida en el planeta, de la consolidación de la paz en la justicia.

Por último, y creo que la exhortación que está a punto de nacer habrá de subrayar de forma muy clara, que el protagonismo de quienes sí creen en la paz implicará erradicar las posturas pusilánimes y políticamente correctas de quienes incluso de forma pasiva se coluden con la impunidad, la inseguridad y la corrupción por miedo a perder lo que les da seguridad.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de febrero de 2020 No.1284