Por Padre Nicolás Schwizer

En el momento de la crucifixión, es muy enigmática la figura del “buen” ladrón. Mateo y Marcos nos dicen que los dos crucificados con Jesús le ultrajaban. Sólo Lucas nos pinta una postura diferente en uno de ellos.

Su dolor en la cruz era atroz, como el de sus dos compañeros. Pero la ruina de su cuerpo no había llegado a su alma. La tenía lo suficientemente viva y despierta como para descubrir toda una serie de valores que nos asombran en un salteador de caminos.

¿Cómo tuvo el coraje de olvidarse de sí mismo, de abrir una brecha en medio de sus dolores para descubrir la dignidad de Jesús y los valores objetivos de la justicia?

Había vivido violando la ley, pero era un justo, porque no había perdido el sentido de la justicia. Distinguía el bien del mal, medía el valor de las culpas y tenía el valor de reconocer las propias: tomando la palabra – dice san Lucas – lo reprendió diciéndole: ¿No temes a Dios, tú que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo tenemos merecido, por eso pagamos nuestros crímenes. Pero él no ha hecho nada malo.”

Para este hombre, el dolor había sido verdaderamente fecundo. La cercanía de la muerte había despertado en él la voz de Dios. Y en esa luz había entendido la justicia de su condena. En medio de su dolor horrible había sabido olvidarse de su cuerpo para llegar a la conclusión de que era culpable.

Pero aún había ido más allá. Ordinariamente el dolor nos cierra el alma. Quien sufre termina por convencerse de que sólo él sufre. Se torna incapaz de comprender todo otro dolor.

Con este hombre no había sido así. Desde la misma cruz, supo salirse de su tragedia para examinar, conocer y comprender a Jesús.

¿Sabía algo antes? Conoció, al menos, su digno silencio durante el camino hacia el Calvario. Además oyó como, por toda respuesta a los insultos, pedía perdón para quienes le ofendían y trataba de disculparles ante un Padre que, para este ladrón no podía ser otro que Dios.

Probablemente también él al principio, como señalan Marcos y Mateo, se unió a los que insultaban. Pero el silencio y la dignidad de Jesús le golpearon.

¿Y si este hombre era verdaderamente un rey? Esta idea daba vuelta en su cabeza. ¿Un rey muriendo así? Pero luego, cuando oyó que los que lo insultaban hablaban del Mesías, algo de su infancia rebrotó en su interior. Se acordó de sus padres, de las enseñanzas en la sinagoga; allí hablaban de un Mesías y de un reino, aunque no aclaraban muy bien si era de este o de otro mundo.

¿Y si fuera verdad? ¿Y si tras esta vida hubiera otra, otro reino en el que este hombre triunfaría? Lo que fue al principio una sospecha se hizo una duda, después una posibilidad, finalmente un comienzo de certeza.

La seguridad que veía en Jesús no era de este mundo. No había blasfemado de Dios, no renegaba de la vida. Se mostraba sereno y tranquilo. Era, evidentemente, un hombre bueno, un justo. Pero, entonces, tenía aún más motivos para rebelarse.

En medio de sus dolores, el ladrón exploraba su alma buscando la verdad. Y, poco a poco, notaba que su corazón se iba pacificando. Tal vez la muerte de un justo, de un solo justo, fuese suficiente para hacer girar el mundo.

Quién sabe, incluso, si no estaba a punto de brotar un alba nueva, un mundo donde todo sería diferente. Se sintió pobre y niño y, en su debilidad, descubrió que necesitaba una mano que le sostuviese, como su madre lo había hecho en la infancia.