Por Tomás de Híjar Ornelas

…la amistad de este mundo es enemiga de Dios. Cualquiera, pues, que quisiere ser amigo de este siglo, se constituye enemigo de Dios Sgo. 4, 4

Los cuatro capítulos («sueños») de Querida Amazonia, colocan al actual Obispo de Roma en un extremo que le distingue y coloca como hombre de su tiempo.

Y no porque sus antecesores actuaran de forma ajena al mundo, antes bien, fueron tan consecuentes con él como con su ministerio petrino.

Pensemos en el siglo XX, que lo comenzó León XIII, el Papa de la Doctrina Social Católica; le sucedió Pío X, el de la corrección teológica y de la Eucaristía; Benedicto XV, el propulsor de la paz entre la naciones; Pío XI, el de la acción católica; Pío XII, dique ante el caos e incluso ante el holocausto; Juan XXIII, el del aggiornamento (actualización) de la Iglesia; Pablo VI, el de la inserción plena de ésta en la era moderna; Juan Pablo I, el de la sonrisa; Juan Pablo II, el del desmantelamiento del colectivimo materialista; Benedicto XVI, el del pensamiento teológico total frente a la era neopagana, y ahora Francisco, al que no podemos etiquetar de anticapitalista pero sí de voz profética ante las aberraciones del materialismo capitalista, el de la economía de mercado, el de la ganancia al precio que sea, el de la idolatría del becerro de oro.

Dedica Francisco el primer capítulo de Querida Amazonia al «sueño social», que desglosa a partir de cuatro datos: la injusticia y el crimen que han enlodado la calidad de vida en Iberoamérica, el endurecimiento de quienes no han de cruzarse de brazos ante estos datos duros pero también aceptar su complicidad, activa o pasiva, en su configuración; el del tesoro grandísimo que no hemos valorado los «cristianos» de parte de quienes sin serlo de manera formal lo fueron y lo siguen siendo desde el sentido comunitario de su convivencia social, los pueblos amerindios y el daño del que ahora adolecen las instituciones, comenzando por la mayor de todas, el Estado, que infecto de corruptelas, termina convirtiéndose en una víctima más del de la economía de mercado, la otra cara de la moneda

No necesita el Papa denunciarlo de forma directa, pero en los 500 años de su incorporación al flujo mundial, América y sus habitantes, las culturas originarias, cuyos descendientes siguen excluidos del proceso hegemónico sólo por mantenerse adictos a sus raíces de identidad, y las que se han ido injertando en él de entonces para acá, europeos, africanos y asiáticos, padecen de un virus o «flagelo moral», lo llama él, que viene provocando en los últimos lustros, y más en concreto los del siglo XXI de la era cristiana, la pérdida de confianza en las instituciones y en sus representantes», el desprestigio total de la política y hasta el de las organizaciones sociales, siendo, a decir suyo, en nuestros días, los pueblos amazónicos «sus principales víctimas».

No exagera el Papa en decir las cosas con tanta dureza y ni siquiera de eso se salva la Iglesia «a veces hasta el punto de aceptar guardar silencio a cambio de ayudas económicas para las obras eclesiales».

El remedio a tal enfermedad es, a decir suyo, el diálogo social «entre los distintos pueblos originarios, para encontrar formas de comunión y de lucha conjunta», en la que los demás seamos «invitados» atentos y respetuosos para buscar «caminos de encuentro». La condición para que esto pase, sin embargo, consiste en reconocer a estas víctimascomo «principales interlocutores» y escucharlas con oídos atentos, de pupilo.

Este punto lo enfatiza asegurando que «el diálogo no solamente debe privilegiar la opción preferencial por la defensa de los pobres, marginados y excluidos, sino que los respeta como protagonistas», de tal modo que mientras no se reconozca al otro y se le valore «como otro», con su sensibilidad, sus opciones más íntimas, su manera de vivir y trabajar, el «dialogo» se reducirá a ser «un proyecto de unos pocos para unos pocos», «un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz».

Publicado en la edición impresa de El Observador del 1 de marzo de 2020 No.1285