Por Modesto Lule MSP

Los santos contemporáneos y la palabra de Dios nos enseñan y recuerdan cómo hacerlo

La santidad, como la entienden muchos, es inalcanzable. Creo que hemos errado el camino muchos de los que somos evangelizadores cuando no presentamos con cuestiones claras y sencillas lo que es la santidad. El Papa Francisco, en su exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (sobre el llamado a la santidad en el mundo actual), expone de forma sencilla que la santidad está al alcance de todos.

Puede ser que muchos de nosotros veamos la santidad tan distante por el conocimiento de los santos que hemos conocido, como san Martín de Porres o san Ignacio de Loyola o san Francisco de Asís; y llegamos a pensar que para ser como ellos o como el padre Pío de Pietrelcina nunca lo vamos a lograr. Primeramente debemos tener en cuenta que la santidad es un llamado de Dios a cumplir con su voluntad y que la vida de cada uno tiene una misión distinta.

No todos podemos seguir los pasos de san Francisco de Asís ni tampoco de santo Domingo de Guzmán. Basta mirar la vida de los santos franciscanos, cada uno con su peculiar detalle, aunque en un mismo carisma llegaron a la santidad sin buscar hacer lo mismo que su fundador. El Papa Francisco, en su exhortación, dice: «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, la clase media de la santidad».

Con referencia a este esbozo de la exhortación del Papa Francisco me gustaría remitir lo que la palabra de Dios dice en el libro del Levítico 19, 1 – 18, donde dice. «El Señor se dirigió a Moisés y le dijo: ‘Dile a la comunidad israelita lo siguiente:

  • Sean ustedes santos, pues Yo, el Señor su Dios, soy Santo.
  • Respete cada uno a su padre y a su madre.
  • Respeten también mis sábados. Yo soy el Señor su Dios…No roben.
  • No mientan ni se engañen unos a otros…
  • No hagas promesas falsas en mi nombre, pues profanas el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor…
  • No uses la violencia contra tu prójimo ni le arrebates lo que es suyo…
  • No andes con chismes entre tu gente.
  • No tomes parte en el asesinato de tu prójimo…
  • No abrigues en tu corazón odio contra tu hermano.
  • Reprende a tu prójimo cuando debas reprenderlo.
  • No te hagas cómplice de su pecado…
  • No seas vengativo ni rencoroso con tu propia gente.
  • Ama a tu prójimo, que es como tú mismo.

A conciencia sabemos que lo que nos pide la palabra de Dios no es algo tan distante de nosotros o imposible. Hoy los santos contemporáneos nos enseñan que, haciendo lo que nos toca con amor, nos puede llevar a obtener las gracias espirituales de Dios necesarias para no desfallecer en el trajín de todos los días y alcanzar la santidad. La santidad se puede alcanzar en el ofrecimiento diario de las cosas y haciéndolas con amor y por amor.

Hasta la próxima.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de marzo de 2020 No.1288