Por Mónica Muñoz

Este tiempo que nos ha tocado vivir es sumamente confuso. Antes sabíamos cuál era el orden de las cosas, había respeto a la autoridad y a los bienes ajenos.

También es cierto que veíamos muchos casos de discriminación (la que no se ha terminado, por cierto, a pesar de vivir en pleno siglo XXI): las oportunidades no eran las mismas para hombres que para mujeres, pero con el tiempo se ha ido estrechando la brecha de la desigualdad en el campo laboral y profesional; sin embargo, había paz y podíamos vivir tranquilos, sin temor ni amenazas. Saber de un crimen era inusitado y escandaloso; ahora, penosamente, no hay día sin que nos despertemos con una noticia de violencia.

Y si a eso le agregamos que algunos grupos están pujando para generar odio entre hombres y mujeres, con el pretexto de una «violencia de género» que se ha explotado en muchos medios de comunicación, tenemos como resultado una desintegración del llamado «tejido social», que se ha visto destruido por la falta de valores que se percibe en todo el mundo.

Por favor, que no se me malinterprete. Por supuesto que me indigna saber que mueren mujeres y niñas a manos de gente sin alma, pero también me parece absurdo el irracional número de hombres que día a día se suman a las cifras mortales, muertes que no discriminan sexo, edad ni posición social, por cierto, y que sigue creciendo sin que nadie sepa como frenarlas. Por eso, entiendo perfectamente que, ante la impotencia de no poder hacer nada, cientos de miles de mujeres se hayan sentido identificadas a unirse a la iniciativa de «un día sin mujeres», que, supuestamente, tiene el propósito de hacer sentir a la sociedad y su economía el gran poder que tienen y las pérdidas que generarán al ausentarse de sus labores y de todas las actividades que realizan cotidianamente.

Tan loable parecía la iniciativa que muchas instituciones se unieron sin pensarlo. ¡Por supuesto, hay que solidarizarse y levantar la voz! Lo que me parece inmoral es que se quiera utilizar este movimiento para exigir el aborto legal en todo el territorio mexicano. Es un plan malévolo, porque saben que todos estamos hartos de la violencia y que el tema de los feminicidios a todos nos conmueve.

Por eso, reitero, no está bien que los grupos de feministas radicales quieran lucrar con el dolor de México para obtener por la fuerza lo que un gran número de mexicanos, mujeres y hombres, rechazamos sin pensarlo. Por favor, ¿por qué actuar con tanta alevosía? Si sus peticiones fueran razonables y aceptadas por la mayoría, no tendrían que ocultar sus verdaderas intenciones detrás de las justas exigencias de la gente que quiere el bien de nuestro país y sus mujeres.

Con esta doble intención han demeritado un acto que pudo ser histórico: unir a millones de mujeres que buscan ser escuchadas al exigir resultados sobre un tema que nuestras autoridades no han querido tomar en serio. Es una pena.

Se ha demostrado que el boicot pacífico es una buena medida para exigir a las autoridades que trabajen para lo que fueron contratadas, pero abusar de la buena voluntad de la gente para sacar ganancia, es aberrante. Y, por cierto, las marchas del domingo 8 de marzo no tuvieron nada de pacíficas. Baste ver las imágenes de mujeres con pañuelos verdes dañando autos, inmuebles históricos, templos y personas.

Por eso, sinceramente, uno mi corazón a las familias que han sufrido la pérdida de sus hijas, madres o esposas, desgraciadamente por la violencia suscitada en el ambiente que nos rodea, llámese calle, trabajo o el propio hogar. Rezo para que pronto se acabe esta tremenda prueba por la que está atravesando nuestro país e invito a las personas de buena voluntad a que no pierdan la fe. Podemos hacer mucho en nuestras casas, con nuestros niños, adolescentes y jóvenes, inculcándoles todos los valores necesarios para que aprendan a respetar su vida y la de los demás y que entiendan que la indiferencia es la actitud que acaba con todas las buenas intenciones. Trabajemos por la paz y exijamos civilizadamente que nuestros gobiernos cumplan con su deber.

Que tengan una excelente semana.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de marzo de 2020 No.1288