Por P.Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

LA VIGILIA PASCUAL, MADRE DE TODAS LAS VIGILIAS, 2020.

“Alégrese, por fin, los coros de los ángeles, alégrese las jerarquías del cielo y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la salvación”.

(Pregón Pascual, Misal Romano)

Ante la oscuridad de la contingencia por la pandemia, la cual ha puesto a prueba la fragilidad de los gobiernos, la laudable labor médica aunque precaria y, sobre todo, la angustia fruto de nuestra propia vulnerabilidad, destella como una luz la esperanza en Cristo Resucitado. La liturgia de hoy nos abre a esta experiencia porque “Cristo resucitado es la fe de los cristianos”, como lo afirmara el gran san Agustín. Es Cristo quien venció a la muerte y marca el inicio de la eternidad en el tiempo, quien fundamenta esa alegría en medio de nuestras penas. La condición es resucitar con Cristo. Por eso hemos de valorar el bautismo que implica la transformación en Cristo y nuestra transformación paulatina en Él . Los pasos progresivos de la liturgia de este noche nos permiten adentrarnos en la comprensión de esa configuración con Cristo resucitado a través de la riqueza extraordinaria del lenguaje simbólico de la Vigilia pascual, madre de todas las vigilias, como lo expresara el extraordinario Papa Pío XII. Así el primer paso, la liturgia de la Luz con la bendición del fuego nuevo, el marcar el Cirio pascual con la cruz de Cristo y el año en curso, recordar las llagas del Señor con la incursión de los granos de incienso, y las letras de Alfa y Omega, porque el Señor Jesucristo es dueño del tiempo y de la eternidad. Su encendido, su entronización en el templo con la iluminación en tres tiempos, la encendida de los cirios de los fieles y el solemne Pregón Pascual que pone de manifiesto la alegría por la resurrección del Señor, cuyos ecos gloriosos han de resonar en el mundo entero. La liturgia de la Palabra implica las lecturas del AT y del NT; marcan las diversas etapas de la Historia de la Salvación con su momento central y culminante en la proclamación del evangelio sobre la Resurrección de Cristo . Las lecturas, 7 del AT y 2 del NT: 1ªla creación del mundo (Gn 1,31; 2,12); 2ªEl sacrificio de Abrahán (Gn 22, 1-18); 3ªEl paso del Mar Rojo (Ex 14,15–15,1); 4ªLa proclamación profética de la misericordia y el amor del Señor (Is, 5-14); 5ª La promesa de una Alianza perpetua (Is 55, 1-11); 6ª El caminar en la Ley y la Luz de Dios (Bar 3, 9-15.32-4,4).7ªAnuncio de una Nueva Alianza (Ez 36,16-28). Se canta solemnemente el Gloria. Siguen las lecturas del NT: El simbolismo del Bautismo (Rm 6, 3-11) y la Proclamación del Evangelio (Mt 28, 1-10), previamente con el canto festivo y solemne del Aleluya, la palabra propia de la expresión de júbilo, que no necesita explicación; después la homilía. Continúa la liturgia del Bautismo con la bendición del agua, bautizos si los hay, y la renovación de las promesas bautismales: renunciar a Satanás, a sus obras, seducciones y proclamar la adhesión plena al Padre Creador, al Hijo Redentor, al Espíritu Santificador y a la Iglesia; profesión de fe que significa esa adhesión plena y consciente al Dios uno y trino y a su Iglesia, es decir, dar nuestro corazón, ese núcleo de identidad personal englobante de toda nuestra persona. Se rocía con el agua bendecida a toda la comunidad asistente. Continúa la Liturgia Eucarística que siempre es Pascual.

Así podríamos decir que la liturgia de esta noche tiene estos ejes: el Cirio pascual, las Lecturas, la Bendición del Agua, la renovación de nuestro compromiso bautismal y la Eucaristía; se nota así lo que ha de ser la Pascua de Cristo como nuestra propia pascua: iluminados por Cristo nuestra Luz, adheridos a la Palabra de Dios proclamada y vivida en comunión con toda la Iglesia, nuestra transformación en Cristo muerto y resucitado por el bautismo y la eucaristía. Pascua de Cristo paso de este mundo al Padre, su muerte y resurrección; nuestra pascua, la muerte a la esclavitud del pecado para vivir la libertad del hombre nuevo, hijo de la Luz, creado según Dios para la justicia y la verdad, para el amor y la misericordia, como prolongación de Cristo en el tiempo, como inserción de la eternidad en la historia, con ese gozo trasversal a nuestra dinámica humana: éuraka ton Kyrion, -he contemplado al Señor resucitado. Cristo muerto y resucitado debe de ser el centro de la vida; Él nos devuelve el aliento y la esperanza, en medio de la tribulación: “si con Él morimos, con Él viviremos, si con Él sufrimos, con Él reinaremos. Gocemos con María Santísima, después de los misterios dolorosos, los misterios gloriosos.