Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Viernes Santo de la Pasión del Señor

Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,3 ).

“Del árbol de la Cruz ha venido la alegría al mundo” (Misal Romano).

Con estas dos expresiones del evangelio de san Juan y de la Liturgia del día, sintetizamos la dinámica contemplativa de este día, Viernes santo  y nuestro propio involucramiento en la pasión y muerte de nuestro Redentor Jesús, el Cristo

Mesías de Dios y nuestro Salvador.

El ViaCrucis orado por nuestro pueblo y por toda la Iglesia nos adentra en las diversas estaciones de la pasión de Cristo;  nos permiten reconocer nuestro pecado “pequé Señor y me pesa, pecamos y nos pesa, ten misericordia de nosotros”. Es el Viacrucis de Cristo, el Nazareno, el paradigma y modelo, del viacrucis que sufre la humanidad según  los tiempos  y sus condiciones.

Viacrucis de los pueblos, viacrucis de los niños, viacrucis de las mujeres, viacrucis de los perseguidos, viacrucis de los papás, el viacrucis de una Iglesia perseguida por propios y extraños; el Papa Francisco ha querido contemplarlo y orarlo para sí y para toda la Iglesia en la perspectiva de los prisioneros o encarcelados; qué acierto para esos hermanos vilipendiados e ignorados con causa o sin causa, pero al fin seres humanos cuyas historias muchas veces son de víctimas que pasaron a ser victimarios, de lo cual algunos se arrepienten y tienen derecho a ello para reconstituirse. También lo podríamos contemplar y padecer con el Nazareno y nuestras naciones azotadas por esta pandemia del coronavirus, Covid-19: sentenciados a muerte por una culpa que no cometieron, algunos gobernantes que se lavan las manos y echan la culpa a “otros”, y de todas maneras mandan al patíbulo a tantos hermanos, por su incompetencia o por el freno que les pone su ideología autojustificadora; los que padecen por la enfermedad o por su trabajo víctimas de esta situación, son cristos; se les involucra en este calvario inmediato al cual  no se le ve  fin.

Hemos de contemplar a “quien traspasaron”, a cada hermano que sufre por la enfermedad o moralmente por la pena de la separación de un ser querido y entrañable que nos lleva a tener, como Jesús, el corazón traspasado de dolor. Pero, ante esta oscura y densa noche de la humanidad, hemos de contemplar  “el árbol de la Cruz, donde estuvo clavado Cristo el Redentor del mundo”; a través del pasadizo estrecho de la Cruz se pasa a la Luz, alegría para todos. El misterio del dolor humano solo lo podemos vislumbrar en la óptica de Cristo crucificado. A veces hemos querido un Cristo sin cruz, -como lo decía Mons. Fulton Sheen respecto de sus compatriotas americanos, y los comunistas de ese tiempo, una cruz sin Cristo; no sé si los neo socialistas de ahora sean émulos de aquellos, de orillarnos a la cruz, sin Cristo; sufrir sin esperanza, esclavizados a una tribulación sin futuro cierto, ni término ni finalidad. Como afirmaba el  otrora Cardenal Ratzinger “Jesús es el hombre verdadero, a partir del cual se mide a todo hombre, hacia el que debe ir todo ser humano para llegar a su propia autenticidad” (Meditaciones de la Pasión, en “El Sábado de la Historia”, Ed. Encuentro 1998, pág. 30). Entendido, no como quien se sustenta así mismo “autoreferencial”, sino como quien depende del Padre para la salvación de todos. Por eso Él es el Paradigma de todo ser humano, en todas las circunstancias, particularmente éstas del sufrimiento, en perspectiva de referencialidad, es decir, por los demás. Por eso no podemos ser indiferentes a Cristo y a los cristos de ahora. Cristo nos acompaña como el bendito Cireneo. ¿Podemos serlo nosotros también? Que María Santísima nos acompañe en este viacrucis pandémico, nos consuele, nos fortalezca y alcance para sus hijos el final de esta contingencia paralizadora.