A santa Bernardita Soubirous la Virgen le dijo en Lourdes el 18 de febrero de 1858: “Te prometo hacerte dichosa, no ciertamente en este mundo, sino en el otro”. Y ciertamente la joven vidente no fue curada de su asma ni de sus otras enfermedades; más bien la Madre de Dios la exhortó con estas palabras. “¡Penitencia, penitencia!”.

Santa Jacinta Marto, vidente de la Virgen en Fátima, murió a los diez años de edad, sola y en un hospital muy lejos de su casa, por la pandemia de su tiempo: la llamada “gripe española”. Diez meses antes, su hermanito, san Francisco Marto, había muerto por la misma causa. Ambos pequeños santos ofrecieron su vida, su enfermedad y su muerte por la conversión de los pecadores.

El centenario de la muerte de santa Jacinta ha coincidido con la actual pandemia, y es una ocasión para reflexionar sobre lo que la enfermedad significa en las Sagradas Escrituras:

  • San Pablo estuvo enfermo, a manera de prueba (Gálatas 4, 13-14). Y hay en la Biblia más ejemplos de creyentes que perdieron la salud en algún momento de su caminar con Dios; a algunos la enfermedad se los llevó a la tumba, como es el caso del profeta Eliseo (II Reyes13, 14), mientras que otros fueron curados por Dios alargando sus días, como le ocurrió al rey Ezequías (Isaías 38).
  • A pesar de estar dedicados en cuerpo y alma a Dios y su obra, Trófimo enfermó (II Timoteo 4, 20), lo mismo que Epafrodito (Filipenses 2, 25-26), y san Timoteo frecuentemente se encontraba enfermo del estómago. Es decir, la enfermedad tiene un componente natural, por lo que cualquiera puede enfermarse en una pandemia u otra situación.
  • Pero hay enfermedades que son causadas por Satanás u otros espíritus malignos, como ocurrió a la mujer encorvada a quien Jesús liberó (Lucas 13, 11-13), o al joven que tenía dentro un espíritu sordo y mudo (Marcos 9, 14-27). Aunque estos males de origen preternatural pueden hacer mella sobre personas impías, Dios permite que también algunas de estas enfermedades hieran temporalmente y a manera de prueba a gente buena, por ejemplo, a Job (Job 2, 4-7).
  • Otras veces Dios permite las pestes o epidemias, así como otros padecimientos físicos, como castigo por el pecado (Deuteronomio 28, 20-22; Números 12, 1-16; Hechos de los Apóstoles 12, 23).

A Zacarías, padre de san Juan Bautista, Dios lo dejó temporalmente mudo para castigar su incredulidad (Lucas 1, 2). Pero Jesús dejó muy claro que hay enfermedades que no son a causa del pecado sino que se convierten en ocasión de mostrar las obras de Dios (Juan 9, 1-3)

  • Y, por supuesto, la Palabra de Dios señala que hay padecimientos físicos que son resultado del daño o desgaste natural del cuerpo, ya sea por la edad, como es el caso del patriarca Isaac, que ya de anciano tenía dificultad para ver (Génesis 27, 1), o por algún accidente, como en el caso de un joven cuya caída por la ventana le llevó a la muerte (Hechos de los Apóstoles 20, 7-12).

Aunque el ser humano quisiera tener respuestas exactas a la enfermedad de tal o cual persona, ello no es posible. Lo cierto es que las enfermedades están contemplada por Dios en el misterio de la salvación y que a todos les toca alguna vez.

TEMA DE LA SEMANA: ¿DÓNDE ESTÁ DIOS EN ESTA PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 26 de abril de 2020 No.1294