Explica Juan Pablo II en su carta apostólica Salvifici doloris que “si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento»

“Ya en el Antiguo Testamento”, enseña el pontífice, “se subraya a la vez el valor educativo de la pena sufrimiento».

Y agrega: «Éste es un aspecto importantísimo: El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios».

Hay quienes nunca se habrían acercado a Dios de no ser por una desgracia; por ejemplo, una enfermedad o un fracaso. El sufrimiento se convierte, pues, para algunos en una medida efectiva para enderezar el camino o para avanzar en santidad. Pero la conversión es siempre decisión de cada uno.

TEMA DE LA SEMANA: ¿DÓNDE ESTÁ DIOS EN ESTA PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 26 de abril de 2020 No.1294